sábado, 10 de enero de 2009

Cabellos castaños, ojos caramelo

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Una vez conocí una chica.
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Cabellos castaños, ojos caramelo.
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Manos tersas, suaves como la seda.
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Era como mi vecina.
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Emocional, más que todo.

Cuando ella reía, yo reía.

Cuando ella lloraba, yo lloraba.

Cuando la veía, me alegraba.

El cielo de la ciudad ya no era tan mezquino.

Y llovía.

Por eso siempre le decía sonríe.

Porque eso me animaba.

Y eso la animaba.

Un momento de escape.
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Le gritaba te quiero con los ojos.

Pocas veces lo entendía, ni cuenta se daba.
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A mí no me importaba.

Con esos mismos ojos le prometía que siempre estaría a su lado.

Que siempre la acompañaría.

Cuando ella me necesitara.

Tal vez nuevamente no me captaba.

Quizás sí.

Pero esta vez yo no la entendía.

Escribíamos una historia cada vez que nos veíamos.

Nuestras miradas se detenían.
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El mundo se paraba.

Como cuando ella sonreía.

El solo verla valía la pena.

Con nuestras miserias nos acompañábamos.
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Y juntos las superábamos.

Por lo menos yo lo hacía.

Aunque ninguno decía nada.

Y es que a veces no hacía falta.

A veces no comprendía.

Solo una sonrisa me bastaba.

Siempre conversábamos.

No importaba si eran dos minutos o varias horas.
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Siempre había algo qué decir.
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Cualquier tema valía.

Toda cosa importante que me ocurría de un modo u otro tenía que ver con ella.

Cada uno con sus problemas.

Ella me escuchaba.

Yo muchas veces no podía.
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Me hubiera gustado ser mejor con ella.
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Para preguntarle qué le pasaba.

Igual escuchaba cuando ella me lo pedía.

O cuando no lo hacía.

Ella decía que mi compañía ya era bastante.

Espero así haya sido.

Pues muchas veces debí haberla aconsejado.

Pero me quedaba callado.

Seguramente hubieran sido útiles unas palabras de apoyo.

De aliento, siquiera.
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Yo no podía.
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Ni siquiera me atrevía.

Aunque me hubiera gustado.

Lo único que me salían eran chistes tontos.

Que poco le ayudaban.

En ocasiones intentaba con un abrazo.

Espero que no le molestara.

Todo volverá a su sitio.

Así es la naturaleza.

Claro que costará.

Es el precio a pagar.

No te pido que olvides.

Solo que sonrías.

Volver a bailar y cantar.

Como esos días.

Cuando todo era tranquilo.

Despreocupación y libertad.

Como decía un cófrade por ahí la sonrisa es tu mejor arma.

Lo único que no te pueden quitar.

No pares de reír.

Aunque a veces yo lo haga.

Ni cierres los ojos.

Siempre mira hacia arriba.

Pero sobre todo, lleva la sonrisa por dentro.

Así será más linda por fuera.

Por eso, solo descanse hoy.

Pequeña señorita.

Mañana será un gran día.


Dos canciones. La primera porque es genial y va con el post. Pero como me han dicho que ABBA es muy gay, coloco otra, también genial, y que estoy escuchando en estos momentos.