lunes, 14 de junio de 2010

A las mujeres les gusta el golpe (Parte I)

Cuando hace más o menos un par de meses una amiga me preguntó si consideraba que las mujeres preferían a tipos galantes y caballeros o los atorrantes y patanes, casi le respondí por inercia. "Supongo que a los buena gente, ¿no?", repliqué, pero mientras lo decía empecé a dudar. ¿La razón? Pues que no conozco demasiado casos que lo justifiquen. Después de un momento de reflexión cambié mi respuesta, situación que ocasionó las más sensibles pífeas de las damas presentes, quienes obviamente juraban preferir a los "chicos buenos".

Quedé con la duda, pero me pare
ció un tema interesante y decidí escribir al respecto en este cada vez más abandonado espacio bloggero. Claro que de pensarlo al hacerlo hay un trecho a veces irreparable. Sin embargo, mientras el asunto aún estaba en proyecto, sucedieron un par de cosas que consideré dignas de mención. Y mientras esas cosas sucedían, empecé a sacar conclusiones y encontré mi respuesta la pregunta de mi amiga. El caso se extendió más de la cuenta, así que he decido dividirlo por partes. Así que ahí va la primera, con la promesa de que publicaré la segunda muy pronto.

Caso 1

Me alistaba para salir apuradamente. Vi el reloj siempre adelantado de mi cuarto. Le resté diez minutos y supe que eran las 5:30 pm. Era tarde. Terminé de vestirme como pude. Estaba por salir, cuando observé el engañoso sol de la tarde por la ventana y dudé si ponerme una casaca o no. En eso, escuché un 'tucutín'. Fruncí el ceño tratando de descifrar el ruido. Entonces recordé que, para variar, no había apagado mi computadora.

—¿Estás ahí?
—me preguntaba el monitor. Otra vez vi el reloj. Dudé en responder. Simplemente cerrando el messenger estaría fuera de eso.

—Sí. ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
respondí, luego de pensarlo mejor. Total, era una vieja amiga, de esas que son cercanas, te agradan, siempre ves conectada, pero nunca le hablas. Seguramente era importante.

—Echa basura. ¿Unas cervezas? Voy con los chicos.

—Sale. ¿Cuándo?


—Ahorita, pues.

—Nada, no la hago. Estoy de salida —le respondí con franqueza.

—Ya pues, mira que estoy mal. Me haría bien hablar con alguien. Sí, sí. Están los chicos, pero la cosa es estar con la manchita completa.

Lo pensé con detenimiento. De verdad quería acompañarla, pero ya había quedado con una amiga para ir al cine. Maldije mi falta de memoria para dejar la computadora prendida y también al bendito sol de la tarde por retrasarme.

— ¿Estás ahi, Eduardo? —me insistió el monitor con impaciencia.

Tomé mi celular y llamé a mi amiga. Me inventé la peor excusa posible. Porque decirle "oye, otra amiga, con quien recién me topé, por el messenger, por cierto, me acaba de decir para unas chelas, sorry, la dejamos para la otra", no me pareció una excusa válida. Le mentí a mi amiga con cinismo, le prometí una pretenciosa recompensa por mi incumplimiento. Sentí que no me había creído del todo, pero preferí dejarlo así. Me dio pena, quería verla, pero bueno... Algo, no sé qué, me hizo pensar que la muchacha del monitor me necesitaba. Me acerqué nuevamente a la computadora y tecleé.

— Ya. ¿En cuánto nos vemos?

En menos de media hora estaba en uno de los huecos frente de la Católica, sentado en una mesa con ella y dos amigos más, acompañados de dos cerveza. Todos con vaso a mano conversábamos. En realidad, ella era la que llevaba la batuta. Estaba mal. Se le notaba en el rostro. Nos contaba sobre su novio, o bueno, su ex novio. Que estuvieron tres años, que nunca se peleaban, que habían pasado un glorioso fin de semana hacía poco, que se habían jurado amor eterno. Y todo se había acabado dos días antes. Estaba tomando como loca y no éramos quienés para juzgarla, ni mucho menos detenerla. Era una de esas situaciones en las que uno siente que merece emborracharse. Y además lo necesita.

¿Así que de la nada terminó contigo? preguntó uno de mis amigos.

Sí. Y el muy canalla ni siquiera me dijo por qué. Tres días antes me juró de todo y de un momento a otro… se le entrecortó la voz. Pronosticando un no muy lejano llanto intervine. Quise alejarla del tema, pero al parecer hundí más adentro la daga.

A veces los hombres son así. Pero él siempre me pareció un tipo agradable. Me resulta raro que te acabe así como así. ¿Segura no se pelearon ni nada? pregunté.

Claro que estoy segura. Supongo que tiene otra o conoció a alguien o qué sé yo…

Tranquila ya aparecerá alguien mejor traté de consolarla.

— ¿Cómo sabes?

¿Lo querías?

Claro.

— No, pues. Piénsalo mejor, has respondido al toque. Me refiero a si era indispensable para ti. ¿Ahora sientes que lo quieres igual que antes?

Se demoró una eternidad en responder. Me trituraba con la mirada y buscaba ayuda silenciosa en nuestros dos amigos que tenían en esos momentos la mirada enterrada en en el fondo del vaso de cerveza, tratando de mantenerse apartados de ese momento de la conversación.

Supongo que ya no me dijo casi en forma de pregunta.

— ¿Tan rápido lo olvidaste? pregunté con légitimo asombro.

— ¡Eduardo!

Bueno, pues asumo que de una manera inconsciente no lo querías lo suficiente, pero creías que sí. Y el definitivamente no iba por tu mismo lado. A lo mejor es bueno que hayan terminado... ¿o acaso has pensado en verlo nuevamente... en pedirle que vuelvan o tantear a ver qué pasa?

Olvídate. Ni siquiera lo quiero ver —dijo mientras dirigía su vaso recién servido a la boca.

Ya pues. No lo quieres ver. BIen por ti. Y él... él no te merece. Ya te hubiera buscado o algo.

Es que suena muy fácil, Eduardo.

Pude identificarme con ella. Había sido protagonista y testigo de muchos momentos similares como para no entenderla. Lo peor era que sabía exactamente qué decirle, y era como si me lo estuviera diciendo a mí mismo. Sabía (siempre lo supe, en realidad) que tenía la respuesta, pero me negaba a verla. O a entenderla.

Déjalo ir, entonces. De nada te servirá quedarte pensando en él. Hazte una promesa...

— ¿Cuál?

Que no lo llamarás, no lo buscarás, trata de alejar tu mente de él. Creo que es lo mejor.

Sí, supongo que tienes razón... dijo poco convencida.

Oye, yo te entiendo. Sé que de esto poco o nada sé, pero te va a hacer bien.

Mis amigos me respaldaron. Ella tomó su vaso con determinación. Nos miro a todos y bebió. En ese código que solo nosotros entendíamos, ese que aprendimos en esos mismos huecos de la Católica y en algunos otros, eso era como un "sí, acepto". Nos miramos, sonreímos y todos bebimos.

**********

Para variar, me había quedado dormido en el carro de regreso de la chamba y me había pasado un buen trecho. Maldije mi suerte, pero le busqué el aspecto positivo. Aproveché para ir al cine que estaba cerca y ver qué películas estaban dando y los horarios, pues al día siguiente iría con la amiga a la que cancelé por irme a beber con mi otra amiga, la despechada. Me paré cerca de la boletería para ver los horarios, cuando me topé con un rostro conocido. Era mi misma amiga, con la que habíamos compartido cantina hacía unos días. La saludé con agrado (siempre era bueno verla), pero ella no hizo lo mismo. Parecía como si no hubiera deseado toparse conmigo.

— ¿Pasa algo?
—le pregunté al tiempo que la saludaba con un beso en la mejilla. Ella se quedó allí, sin decir nada, miró hacia un costado y luego me volvió a mirar y luego desvió la mirada, como tres pases cortos dentro del área, ahora que está de moda el mundial. Instintivamente volteé la mirada y entendí todo. Ahí estaba, supuestamente, su ex, acercándose hacia nosotros con sus entradas en la mano.

— ¿Te acuerdas de mi novio? —me preguntó colgándose rápidamente del brazo del susodicho.

— ¿Cómo te va? —me dijo este extendiéndome la mano, bastante serio.

— Ahí, pues —le dije secamente y le apenas le di la mano. Busqué la mirada de mi amiga, pero esta no me miraba a los ojos. Se le notaba incómoda. Ambos tenían un perfil medio distante y sospeché que habían peleado por algo. Pero eso era lo que menos me importaba. Quería saber por qué le había importado un pito nuestra promesa. Quise darle el beneficio de la duda.

— Justo te quería contar algo, ¿me acompañas a comprar mi entrada? —le dije con la intención de alejarla un poco de novio, pero sin el verdadero afán de entrar al cine. Aceptó sin mayor entusiasmo, mientras su novio dijo que iría a comprar algo para comer durante la función. Ni bien se alejó un poco, la alejé de la cola.

— ¿Qué pasó? —le pregunté rápidamente.

— Pues volvimos.

— ¿No que no querías de verlo?

— Es que, como te dije, no es fácil, Eduardo. Hemos estado bastante tiempo y él me buscó... Dijo que las cosas iban a cambiar.

— ¿Entonces ahora están bien?

— Sí... bueno, acabamos de tener un roche por las puras, pero no es nada.

— Bueno, ya tú ve —me despedí escuetamente y me alejé. Ella trató de darme más explicaciones, pero solo me limité a escucharla un rato más antes de regresar a mi casa. Ni siquiera estaba molesto, sino que me dio pena. La había visto bastante alecaída la vez anterior y no quería que pasara por lo mismo nuevamente.

Pasaron varios días y no supe nada de ella. Un par de veces la vi conectada, pero volvimos a la rutina de no hablarnos a menos que sea totalmente necesario. Me picaban los dedos por conversarle y preguntarle finalmente cómo había resultado todo. Pero no sabía si me convenía. Supuse que si algo andaba mal avisaría. Mis otros amigos tampoco sabían nada. Fue hasta hace unos días que recién tuve noticias suyas. Estaba leyendo algunas páginas en internet cuando en eso un 'tucutín' retumbó.

— Hola, Eduardo —me decía el monitor. ¿Unas cervezas? :S

— Cómo te gusta el golpe... —le contesté resignado, mientras, ya sin siquiera ver por la ventana si hacía sol o no, cogí mi casaca para salir a darle el encuentro. Media hora después, nos hacíamos una nueva promesa.

(...Continuará)

Dejo este video genial, de un grupo más que genial. Que trata de reivindicar a esos (pocos) incomprendidos. A él, a quien también le gustaba el golpe.