miércoles, 24 de marzo de 2010

Una historia de amor

Seguramente si mi cerebro, sangre, alma y corazón no estuvieran en estos momentos alimentados por los tonificantes nutrientes del alcohol, ni siquiera me atrevería a escribir este post. Y es que es algo de lo que he querido deshacerme desde hace mucho y no he podido. Es un fantasma que sigue vivo. No porque los recuerdos sean necesariamente malos o dolorosos, sino por lo que pesan. Por lo que pudo y no pudo ser.
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Recuerdo la primera vez que la vi. En que en serio la vi. Porque yo ya la conocía. No sé exactamente desde cuándo, pero sí sabía que era mi amiga. Seguramente mi mejor y única amiga. Yo estaba asomado por la ventana de mi casa, viendo la nada, hasta que ella pasó cándida y sonriente junto a su hermano, como tantas veces la había hecho. Inmediatamente, con el fin de combatir la soledad, salí de mi casa a alcanzarlos. Fácil podemos hacer algo... ir a su casa o al barrio de la vuelta, pensé. Ya no estaban. Caminé por todos los alrededores del parque donde vivíamos y no, se habían esfumado. Me dirigía con el fracaso sobre los hombros de regreso a mi casa cuando pasé por su jardín. Allí la vi. En serio la vi.
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Estaba sentada dentro del jardín que adornaba la puerta de su casa. Se encontraba escondida entre las granadas. Entré al jardín. Ella estaba sentada con la cabeza entre las rodillas. Lentamente me acerqué hasta que ella notó mi presencia y alzó la mirada. ¿Qué pasó?, le pregunté. No me respondió. Sus ojos castaños y llorosos me observaron, y el tiempo se detuvo. Recuerdo hasta hoy ese instante. Su mirada enorme e inocente, de niña que acababa de ser víctima de una malvada travesura. Fue en ese preciso momento en que por primera vez la vi. Me senté a su lado. En serio, ¿Qué pasó?, volví a preguntar. Me miró nuevamente. Mi hermano..., empezó a decir. ¿Qué te hizo?, ¿Quieres que le pegue?, arremetí. Déjalo así, me dijo. Nos quedamos callados un rato. No sabía qué decirle, ni qué hacer. Quería protegerla, secarle cada lágrima, encontrarle consuelo, pero no me atrevía a rodearla con mis brazos, ni ofrecerle un pañuelo. Era una sensación nueva para mí. Me aterré. No sabía qué era eso que me provocaba estar a su lado… Está picón porque eres menor que él y eres más alta, le comenté tratando de romper el hielo. Ella volteó a verme y echó a reír. Nos reímos. Y ahí fue cuando todo comenzó, cuando ella sonrió.
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Teníamos trece años. Ella era mayor que yo por unos meses. Como dije, la conocía desde antes. El único recuerdo que tengo de una fecha exacta es el de una foto que una vez vi en casa de su abuela. En esa foto, ella y yo jugábamos en su sala y calculo teníamos unos tres años. Asumí que desde esa fecha la conocía.
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Una vez, luego del día del jardín, estábamos jugando en la pista, creo que a las escondidas, y unos chicos del barrio, mayores que nosotros, nos empezaron a molestar. Esa parejita, iu, empezaron a gritar. A un chiquillo de trece ese tipo de cosas le joden y tanto nos jodieron que comencé a responderles en el peor lenguaje que mi barrio del Callao me había enseñado en esos pocos años de vida. Como no pararon, eché a correr tras ellos con la intención de asesinarlos a golpes. Aún no se por qué los susodichos también corrieron, pues un chibolo enclenque como yo no les hubiera podido hacer si quiera cosquillas. Eran unos tres y casi todos más altos que yo. Bueno, por una extraña razón huyeron de mí. El resultado no fue positivo. Tras una cuadra de carrera, un perro cuya raza ignoro, pero se parecía a Rabito de Carrusel, se nos unió. Una cuadra después, Rabito clavó sus furiosos colmillos en mi pantorrilla haciendo que me detenga, pero a la vez un gran favor, pues si alcanzaba a los patas aquellos seguramente me iban a desmadrar. Regresé humillado a mi barrio, con la sangre brotando a chorros, y ahí seguía ella. La miré con odio. No le dije nada y la culpé silenciosamente de que me haya mordido un perro y que esos futuros malandrines se hayan salido con la suya. Entré a mi casa sin decirle nada. Al día siguiente me vacunaron contra la rabia y la odié más.
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Ese mismo día, con mi pierna y mi hombro aún doliéndome, me senté al pie de la puerta de mi casa, cuando ella salió de la suya. Al parecer se dirigía a la bodega que había en el barrio. Me vio un segundo y no se detuvo ni siquiera a decir hola o a ver cómo estaba. La odié más, como nunca había odiado a nadie. Estaba dispuesto a nunca más hablarle y mucho menos invitarla a mi cumpleaños que ya se acercaba. Volvió a pasar. Esta vez yo estaba dispuesto a ni siquiera mirarla, a ignorarla y a empezar mi propia era del hielo. Volteé ligeramente la cabeza con la intención de no cruzar mirada con ella. En eso, por el rabillo del ojo, vi que se paró frente a donde yo estaba sentado. No la mires, no la mires, traté de mentalizarme. Sin embargo, el instinto hizo que subiera la mirada a verla. Bueno, bueno, pero no le digas nada, ni una palabra, pensé esperanzadamente. Hola, me dijo. Hola, le respondí. Mierda, pensé. Se puso de cuclillas y contempló mi herida. Yo también la vi y me di cuenta de que el esparadrapo con gasas que me había puesto mi madre ya se encontraba en estado lamentable. ¿Puedo?, me preguntó. Esta vez, aunque quise, no supe qué decir. Ella tampoco esperó respuesta. Cogió delicadamente el esparadrapo y lo despegó con suavidad. El ardor en mi lastimada pantorrilla se incrementó, pero no le di importancia. Observé su mano y vi lo que había comprado en la bodega. Abrió un curita y lo colocó con esmero en mi aún burbujeante herida. Menos mal no los alcanzaste, te iban a sacar la mugre, me dijo. Me iban a sacar la entreputa, le respondí poco galante. Me miró, nos miramos y echamos a reír. No pudimos parar en buen rato, solo riéndonos y mirándonos, cansándonos de ser felices. Y supe que no la odiaba y que nunca podría hacerlo. Era todo lo contrario lo que sentía. Mierda, pensé otra vez, mientras seguía riendo.
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Pasaron los días, meses, años. Fuimos creciendo, a hacernos más cercanos. Puedo decir que éramos solo amigos, seguíamos jugando, viendo películas en su casa, vacilando a su hermano, a veces simplemente nos sentábamos a conversar, pero siempre parecía que había algo más. Nunca nos dijimos nada, pero parecía haber un acuerdo tácito entre nosotros, uno que dictaba que éramos algo más. Nos gustábamos y lo sabíamos. Esperábamos que todos nuestros amigos del barrio se metieran a sus casas y caminábamos por el parque. O nos sentábamos en el pie de su puerta a hablar, o nos comprábamos un helado o una gaseosa y solo nos dejábamos llevar, a alimentarnos de sueños. Conversábamos de todo, de esas ilusiones y sueños a cumplir, y de los planes que teníamos... Ella quería ser ingeniera y se burlaba de mi deseo de convertirme en un reconocido actor porno.
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Ambos queríamos crecer y salir de ese barrio. A veces bromeábamos con irnos juntos a otro y allí ser también vecinos. Competíamos por quién sacaba mejores notas en el colegio, misión no difícil de ganar para ella. La vi pasar de su inocente bincha y pantalones anchos a los peinados altos y faldas atrevidas que utilizaba para ir a los quinceañeros a los que era invitada. Me ponía celoso por ella y en parte porque yo no era invitado, seguramente por mi aspecto pirañezco. Luego la molestaba, trataba de hacerla sentir mal, diciéndole que cómo se iba a poner esas prendas que seguramente despertaban las lujuriosas miradas de los viejos mañosos de ese barrio chalaco. Ella no le daba importancia y se reía. Sabía que el fondo le decía esas cosas por celoso y porque me preocupaba por ella. En fondo sabía que yo pensaba que se veía linda.
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Puedo recordar los momentos que viví con ella como si fueran ayer. Esos domingos de febrero en el que entablábamos una guerra de globos de agua. Los marcianos de leche chocolatada que vendían en una cochera maloliente, pero que fielmente comprábamos cada tarde. La vez en que vimos esa película romántica en tu casa, ¿recuerdas? Una en la que los protagonistas se separan trágicamente y ella voltea a despedirse desde el carro en que se aleja para así demostrarle cuánto lo iba a extrañar. Lo recuerdo bien porque te conmoviste hasta casi el llanto, mientras yo me hacía el macho, pero también estaba tocado por la película. Además, porque luego de esa película empezó una erótica, la cual vimos en tu sala oscura solo unos minutos antes de apagar la tele con espanto. ¡Puedo decir que vi mi primera porno contigo!
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Recuerdo también bien la vez en que encontré un cigarro en la oficina de tu papá y te persuadí a que me acompañaras a fumarlo. Recuerdo la manera en que te opusiste y trataste de quitármelo. Luego, para mi sorpresa, accediste a encenderlo, pero querías fumarlo conmigo, que tú me ibas a enseñar y que ya habías fumado antes. Sabía que no era cierto, que me lo hubieras contado, pero quería saber hasta donde llegaría. Lo prendiste (al cuarto fósforo) y aspiraste una gran bocanada de ese cáncer, inundando de humo tus vírgenes pulmones. Sin embargo, no botaste el humo y empezaste a toser de una forma alarmante, parecía que te faltaba el aire. Me asusté. Te juró que al verte así de roja me entró el pánico y no supe que hacer. Poco a poco se te pasó y me regresó el alma al cuerpo. Respiraba con más dificultad que tú. ¿Viste? No fumes, me dijiste con mirada fría y una severidad sorprendente, y apagaste el cigarro. También me acuerdo cuando ambos fuimos por primera vez a un concierto y lo pequeños que nos sentíamos ante ese mar de gente. Como entre esas personas, con tu hermano de violín al costado, claro, tímidamente entrelazamos los dedos y vivimos conectados ese concierto, cada canción de ese que era nuestro grupo favorito. Y así podría continuar. Las anécdotas contigo son interminables, como nuestras conversaciones a la luz de la noche.
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Así como recuerdo la primera vez que la vi, en que en serio la vi, también recuerdo la última. Ya nos habíamos alejado un poco. Las distintas obligaciones que recayeron sobre nosotros por ese tema de "ir creciendo y no poder detenerlo" fueron las culpables. Nuestras suculentas y apasionadas conversaciones se habían resumido a esporádicos y tibios diálogos por teléfono uno que otro fin de semana. Un día, cuando ambos cursábamos el quinto de secundaria, iba yo a mis clases de inglés cuando la vi pasar. Los dos nos dirigíamos al paradero. Nos saludamos afectuosamente y caminamos juntos. Me contó que estaba yendo a una academia pre universitaria, que se quedaba la mayoría de la semana en casa de una tía, pues le quedaba más cerca. Con razón nunca la veía, pensé. Llegamos al paradero y tomamos el mismo carro. Me contó sobre su hermano, sus papás, sus amigos. Sobre su intención de postular a la Católica —finalmente se había decido por el Derecho—, y sus planes a futuro. Yo también le conté sobre mis planes y mi sueño de estudiar Periodismo, aunque aún no sabía en dónde. Chévere, siempre te ha ido bien en sus cursos en los que se tiene que florear, me comentó. Yo bajé primero del carro. Si hubiera sabido que sería la última vez que la vería en persona hubiera grabado bien ese momento en mi mente. Le di un beso en la mejilla y bajé frente a mi academia de inglés. Me quedé parado ahí, esperando a que el semáforo cambie de color para cruzar. Seguí con la mirada la combi en la que estábamos mientras se alejaba, cuando entonces ella volteó. Me miró allí parado y me sonrió ampliamente y me hizo "chau" con la mano. Fue la más encantadora de sus sonrisas. La vi irse, con el rostro alegre y radiante, hasta que la combi desapareció en la tarde y se convirtió en un punto lejano. Así terminó, tal como había empezado, cuando ella sonrió y me condenó a un adiós dulce y perpetuo.
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Pero bueno, no por sembrar un bonito pasado se tiene un buen futuro. La llamé casualmente y me dijeron que se había mudado definitivamente a casa de su tía. No me dieron su número, pues su abuela, quien fue la que me contestó, me dijo que solo se dedicaba a estudiar. Luego de que yo ingresara a la Católica, cada vez que recorría el campus, me imaginaba topándome con ella. Con conversar en los jardines inmensos y verdes de esa universidad. Más adelante, su hermano me contaría que llegó a ingresar a la Católica, pero que nunca usó su cupo. Antes viajó con sus tíos a Estados Unidos y se quedó por allá estudiando. Salió del barrio que nos vio crecer en el Callao y por tierras gringas llegó a ser ingeniera. Aún mantengo la esperanza de topármela nuevamente, comprar un marciano y caminar por el parque a contarnos las novedades de nuestras vidas, de cerrar esa inocente historia de amor. Del amor. ¿Y yo? Yo también cumplí algunos sueños y creé otros. Es más, tengo uno que ha ido creciendo con el tiempo. Uno en el que conozco a una chica que dice más con su mirada y sonrisa que con palabras. Que me cambia los curitas cada vez que caigo. Que voltea a verme y me dice adiós cada vez que se aleja de mí.
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Dos vídeos de dos grupos peruanos a los que vimos en aquel concierto al que fuimos. La primera canción porque nos encantaba y porque siempre, en cualquier momento, cae a pelo. La segunda, bueno, porque describe bien la historia de este post. ¡Ah! solo porque me acabo de dar cuenta que ayer este blog cumplió dos años, más abajo una sorpresita.
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Bonus track: Jaja, lo siento, pero tenía que poner este vídeo. Porque este grupo también estuvo presente aquella vez, aunque apenas lo conocía. Esta canción hasta ahora me recuerda a ella.
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