miércoles, 19 de junio de 2013

Tiempo al tiempo

Bueno, pues hoy, luego de insuficientes lunas, he decidido volver a escribir en este olvidado sitio de la web. Y antes que nada, debo hacerlo, a usted amigo lector, que incautamente ha recaido en esta bitacora, dejeme aclararle una cosa. Desde hoy, no tendre reparos en los signos de puntuacion (cuya ausencia o sobre uso antes para mi eran significado de pecado), ya que mi teclado no me permite utilizarlos en su plenitud. Terrible excusa, lo se (que terrible escribir sin tildes!), pero es la unica que poseo. Aceptela o dejela.

Ahora, por que es que he vuelto a escribir en este blog? (ademas de las tildes, tampoco tengo algunos signos como las aperturas de las preguntas y las exclamaciones. Que escandalo!) Bueno, por que? Porque... buena pregunta. Solo senti la necesidad de hacerlo en esta fria madrugada. Gracias a la fortuna y a la ardua chamba, logro llenar mis rutinarios dias con algo que siempre so;e (carajo, tampoco tengo enies): vivir de lo que escribo... o escribir para vivir? Para el caso da la mismo. Es el pretexto tras el que me escudo para justificar mi alejamiento de esta ventana que tantas satisfacciones me dio. Y hablo de satisfacciones personales, pues esta minuscula molecula de la web no alcanzo nunca la fama ni mucho menos. Ja! Siempre que escribi aqui, lo hice con el animo de desfogarme y expresar eso que, tal vez, nunca lograba hacerlo frente a frente (o, por lo menos, me salia mejor redactandolo). Me servia de terapia personal y me alimentaba de los comentarios, en su mayoria positivos –gracias de algunos amigos lectores.
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Y tambien expulsaba a mi yo 'escritor frustrado', a ese que se obligaba a escribir para que las palabras no lo carcomieran por dentro. Y, bien o mal, post chiquitos o sabanones, tambien conseguia echarlo letra a letra, entrada tras entrada. Me aleje (hui) del blog, pero no de la escritura. Como asi deje de publicar? Por lo que veo mas abajo, fue hace dos a;os. Y la verdad no lo se. Imagino que se debio en gran medida porque la redaccion, en mi labor como periodista, se hizo pan de cada dia, algo rutinario y en ocasiones, solo en ocasiones, tedioso. Y asi, esta perdio su magia. No porque ya no la disfrutara –porque en cada texto periodistico que he escrito desde entonces, aunque hayan sido netamente informativos y sobre temas deportivos, le he tratado de poner algo de mi–, sino porque me sentia agotado. No agotado de cansado, ojo, sino agotado de recursos. Me absorbio tanto el trabajo que deje de preocuparme por otros temas. Temas que nutrian este blog de narraciones de desventuras y fracasos amorosos, o lios juveniles de enamoramientos no correspondidos. Esos temas viscerales, que alguna vez ocuparon la mayor parte de mi tiempo y mente pasaron a un segundo plano. Y con ellos, el material de este blog tambien se extinguia.

Pero acaso se fueron asi como asi? Babidi babidi bum! Grantico palmani zum! Pues no! Bazinga! Siempre estan ahi (gracias a Dios, sino que aburrido seria todo esto!), pero las nuevas responsabilidades suelen hacer un efecto extra;o. Parte de crecer es preocuparse por otras cosas, en teoria, mas relevantes. Y eso paso.

Por que, entonces, volvi a sentarme a redactar en este blog, seguro de que ya nadie siquiera por curiosidad lo visita? Pues por la misma razon que la primera vez: porque siento ganas de hacerlo. No se cuando escriba de nuevo. Tengo la seria intencion de hacerlo mas seguido, pero no (me) prometo nada. Ese es plan por ahora.

Como para no perder la costumbre, un video.

miércoles, 29 de junio de 2011

Nos sobra aliento

Sí, fue en una Sub 20. Y sí, fue por penales. ¿Y qué? La U es campeón de una Libertadores y nadie podrá quitar eso de los hinchas cremas. Sé que dije hace un tiempo en este mismo espacio bloguero que no escribiría más de fútbol, pero la situación lo amerita. El domingo, grité como nunca y, lo confieso sin vergüenza ni prejuicios, y alzando la frente, estuve al borde de las lágrimas.

¡Pero qué derroche de energía! No hay cómo describirlo. Los muchachos -antes denominados 'cremitas', yo creo que ahora deberían ser 'cremotas'- no achicaron. No les pesó la camiseta para enfrentar a un equipo que se presumía superior, ni a miles de hinchas desde las tribunas. No les ganó la presión, ni en el clásico ni en la final, de estar en un estadio lleno. Era una final y había que jugar con todo, con garra, sin sentir el peso de una historia sobre los hombros, pero tampoco olvidánsose de ella. Arriesgando lo necesario, pero con orden y precaución. Y todo estuvo presente. Aunque todos pensaban que se tirarían atrás a 'aguantar', ellos fueron a pararle el macho a los argentinos. Tanto así que luego del empate, algunos se quedaron picones por no haberlo ganado en los 90. Y en los penales, ¡qué seguridad! Las definiciones también juegan, por eso, hay que saber jugarlas. Uno, dos, tres, cuatro... Y entonces la euforia.

Gritos, abrazos, la alegría. Esa emoción tantas veces esquiva. Los brazos extendidos hacia arriba, en señal de victoria, tocando, aunque sea por ese instante, el cielo, más cerca que nunca. Ver al grupo de 'chibolos', Polo, Flores, Duarte, López, Romero, Shuler, Vargas, La Torre, Mimbela, etcétera, etcétera, sintiéndose grandes por primera vez y disfrutándolo, será algo inmortal, algo que llevaran todos los hinchas en sus corazones.

Y ojalá que esos chicos se lo hayan dedicado a todos los que no confiaron en ellos. En todos los que les desearon la derrota. Para esos iba. Para los que dijeron que no tenían con qué ganarle a Boca. Desde su escéptico entrenador que se encontraba en España (increíble que no haya completado la Bolsa de Minutos con una Sub 20 campeona de Libertadores), hasta el clásico rival, que comenzó a hablar por la herida.

Seguramente no fue un torneo de una categoría mayor. ¿Y? ¿Eso quiere decir que no jugaron con todo? ¿Boca no jugó con todo en la final? ¿Sus jugadores no lloraron la derrota? ¿Alianza no jugó con todo, todo el campeonato y en el clásico? ¿Que la U no ganó en la cancha, sino en penales? Habría que decirle los equipos mayores de Brasil, Boca, Milan, Manchester y otros grandes, que, sorry, pero ganaron en penales. Tendríamos que decirle al Alianza del 2001 que en su centenario no ganaron en la cancha en la final, sino que vencieron a Cienciano por penales. ¿Dominaste el partido? A lo mejor, pero no lo ganaste en 90 minutos.

Ya pasaron varios días, pero la alegría sigue. Pero debemos recordar que los momentos de euforia son intensos, pero no eternos. Que el trabajo no quede ahí. Hay mucho futuro por explotar. Pasadas las celebraciones se debe comenzar a mirar hacia adelante.

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Que las heridas no hablen y que las excusas no se disfracen ahora de explicaciones. Es momento de celebrar un triunfo, de disfrutar de esa alegría que tan largamente nos ha sido indiferente y que esta vez sentimos tan cerca de la piel. Hay que acostumbranos a ganar. La U es campeón, señores. Y no hay nada más que decir.

Una canción del grupo que le da el título a este post, Nos sobra aliento. Cómo no voy a quererte Universitario.

sábado, 2 de abril de 2011

A las mujeres les gusta el golpe (Parte III y Epílogo)

A ti. Gracias por dejarme publicar esto.

Ella es una de mis mejores y más antiguas amigas. Sus zigzagueantes y amenazantes curvas, en combinación de esa mirada penetrante pero tierna, despertaban los deseos canallezcos de varios. Por lo menos eso notaba, por ejemplo, cada vez que salía con ella. Al principio me chocó, pues no estaba acostumbrado a las miradas lujuriosas de los tipos —chiquillos y tíos— con los que nos cruzábamos, sin respeto alguno por mí, su eventual —aunque inofensivo— acompañante. También hubo veces en las que ella me contaba en confidencia —y con humildad genuina — de algún desdichado que trataba de cortejarla y enamorarla, causando su repulsión y sincera sorpresa, pues ella —otra vez con humildad— no entendía qué le veían. Varias veces, debo confesarlo, debido a esa generosa figura, su rostro juvenil e inocente y, sobre todo, por esa 'química' (si es que eso realmente existe) que teníamos, me vi tentado a quebrar mi lealtad a los estándares de la amistad y persuadir algún intento de algo más. Sin embargo, resistí hidalgamente y nuestra relación se mantuvo incorruptible. Y me alegra que así haya sido.

Aquel era un lunes por la tarde. Me encontraba en el trabajo cuando vibró mi celular. Inmediatamente, al ver quién llamaba, esbocé una sonrisa. No había otra forma de celebrar su llamada, pues siempre era un gusto escuchar su voz. Contesté alegremente esperando escuchar su usual tono animado y lleno de vida que solía sacarme a flote cuando sentía ahogarme en un vaso con agua. Sin embargo, la noté algo apagada.

— ¿Y ese milagro? —le dije ni bien contesté.

— ¡Eduardo! Qué mal hablado. Tú sabes que ando ocupada. ¿Cómo te va? —me respondió, en un vano intento por sonar animada.

— Ahí bien, trabajando —le seguí el juego.

— Oye, ¿qué harás el viernes? ¡Hay que vernos!

Fue entonces que en verdad me empecé a preocupar. Desde que había vuelto a verla, ella y yo solíamos meternos largas chácharas vía telefónica —gracias a su ilimitado saldo— o también por messenger, o en ocasiones por mensaje de texto. No es que no nos gustara vernos, pero su vida universitaria y laboral parecía incontrolable. Además, se las arreglaba para mantener, lo que yo consideraba, una llevadera relación con un muchacho de su trabajo. Cuando pensé en eso fue que caí en la cuenta y empecé a sospechar.

— ¿Todo bien? —le pregunté.

Demoró en contestar y se quedó en silencio unos segundos. Eso bastó para darme cuenta de que no todo estaba bien.

— Sí, todo bien —me dijo en su tono más convincente—. Necesito que me hagas un favor.

Okay... dime.

— Mejor hay que vernos y ahí te digo.

— Nos vemos el viernes, entonces —le respondí dándole la razón, pues sentí que ese era el tipo de conversación que debían mantenerse en persona.

— Genial. Te llamo en la semana para coordinar.

Y así, tras unas dulces palabras de despedida, acordamos para vernos ese fin de semana. No me llamó, pero sí me recontra confirmó con un mensaje de texto. Me emocionaba verla frente a frente. Habían pasado aproximadamente dos meses desde la última vez que la había visto. Parece ser poco, pero antes de aquella vez, no la había visto desde hacía cuatro años.

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A ella la conocí de manera bastante curiosa. Iba yo en una combi, hace bastantes años, cuando subió una muchacha con un bebito. Inmediatamente pensé que la niña esta parecía muy chibola para ya tener su cachorro, pero bueno, quién era yo para juzgarla. Se sentó en uno de los asientos de adelante —yo estaba en el segundo—, y el bebé y yo quedamos casicara a cara. Ahora, para los que no saben —creo que nadie sabe— yo tengo la manía de hacerles "caras" a los bebes. Me causan mucha gracia cuando se quedan ahí mirándome, como era el caso en esa combi, sin expresión alguna, y les hago "caras" para hacerlos reír. Hice eso en la combi, y logré las más sinceras de las risas del bebé en frente mío. En eso, la supuesta madre del niño (supe que era niño porque estaba de celeste) volteó roja de risa y me preguntó que qué le hacía a su hermano. Me quedé ahí, como una estatua, aún sosteniendo en el rostro la última mueca que la había hecho al chamaco, sin saber qué decir. Antes de que pudiera decir algo, la hermana mayor, la chica de la que trata este caso, me dijo, señalando el retrovisor de la combi, que me había estado viendo hacía mucho rato por el espejo. Se rió, me reí y ahora, tras muchos años de detalles, es una de mis amigas más cercanas.

Andábamos de arriba bajo muy seguido. Vivíamos relativamente cerca y lo aprovechábamos. Luego de un tiempo nos alejamos un poco, pues ingresé a la universidad y, aunque quería, no me alcanzaba el tiempo para ella. Un año después, todo se regularizó, ya que ella también ingresó a la misma universidad. Allí volvimos a encontrarnos y, pese a que nuestras clases no coincidían, nos la arreglábamos para juntarnos de vez en cuando para estudiar o tomarnos un café. Pero un día cambiarían las cosas. Acababa de terminar un semestre, cuando me comentó que se iría a Canadá a visitar a unos tíos durante el verano. Iban a ser tres meses sin vernos cuando en esa época era impensable que nos separáramos siquiera más de tres días.

Nos metimos unas chelas de rigor antes de que partiera y me prometió que entraría seguido al messenger. Su filosofía anti-tecnología había hecho que con las justas se creara uno. Además, no tenía celular, ni Hi5, y mucho menos Facebook, que, me parece, ni siquiera estaba en el mapa en aquellos tiempos. Sin embargo, cumplió su promesa y estuvimos en contacto gran parte de ese verano. Lo malo fue que cuando ya había acabado el supuesto viaje de tres meses, me anunció que se quedaría seis meses más. No pensé que pudiera soportar tanto tiempo, sin embargo no se lo dije. Mientras me iba acostumbrando a la idea, seguimos conversando por messenger hasta que, de un momento a otro, dejó de conectarse. Le escribí varios correos y nada. Pasaron los seis meses y nada. Mucho menos sabía la dirección en la que se quedaba en Canadá. La busqué en los registros de la universidad y seguía apareciendo como alumna no matriculada. Parecía que se la hubiese tragado la tierra.

Y así había llegado el 2010. Habían pasado más de cuatro años desde que la había visto por última vez, tanto así que cuando pensaba en ella, todo lo que habíamos vivido parecía un sueño más bien lejano. Hasta que un día la vi nuevamente. Me encontraba con un par de amigos en una excursión a un karaoke miraflorino, cuando entre trago y trago, escuché una voz peculiarmente conocida, cantando una canción de La Oreja de Van Gogh. No le hice mucho caso, pero entonces recordé que la única vez que había ido a un karaoke antes había sido con ella, unos cinco años antes. Esa vez, ella se mandó un par de canciones, con esa voz media ronca que pone al cantar —porque al hablar su voz es dulce y casi rozando con lo aniñada— e insistió para que cante una con ella. Recuerdo que ya entonces tenía una debilidad por ella que me impedía negarme a sus caprichos y terminamos cantando una de Luis Miguel, como si fuéramos dos tórtolos enamorados —e improvisados—, pero que en verdad era parte de una crueldad suya por hacerme quebrar mis estándares morales y sucumbir a la vergüenza pública.

Entonces me excusé con mi mesa diciendo y así poder inspeccionar con cuidado a la muchacha que cantaba esa canción de La Oreja de Van Gogh. Y sí, allí estaba ella, casual y suelta de huesos en una mesa con un grupo de muchachos. Sentí que había retrocedido en el tiempo, unos cinco o cuatro años antes y éramos otra vez esos adolescentes que andaban de arriba a abajo todo el día y que vivían en su burbuja. Me sentí otra vez en un sueño. Pero, bueno, pensé, lo bueno de los sueños es que muchas veces pueden volver a soñarse. Me quedé ahí parado, viéndola, sin saber si acercarme e interrumpirla o saludarla luego, pensando en que tal vez no me reconocería o que a lo mejor perdimos contacto porque ella así lo quiso. Antes de que tomara una decisión, ella me vio, me observó unos segundos, en los que dejó de cantar. Después se paró, sonrió ampliamente y se acercó lo más rápido que pudo para abrazarme, ante la mirada desconcertada de sus acompañantes.

— ¡Eduardo, estás gordo! —fue lo primero que me dijo, aún con su cabeza sobre mi hombro, después de cuatro años en silencio.

— La buena vida y la poca vergüenza —le respondí.

— Interesante —me respondió y me eché a reír. Después de todo el tiempo que no hablamos, seguía diciendo "interesante". Siempre decía esa palabra cuando trataba de decir un "Sí" o "Ajá" de manera sarcástica. Desde que la conocía la utilizaba.

— Tú en cambio sigues tan fuerte como siempre —le dije con descaro, pero sin faltar a la verdad.

— Y también sigues tan galante. Ven —me ordenó y la seguí obedientemente. Me tomó de la mano, me llevó a su mesa y me presentó a sus amigos. Solo uno me prestó mayor intención. Estaba sentado justo al lado de ella. Tenía rasgos asiáticos y una cabeza rapada, pues se notaba que no era calvo a la fuerza. Intuí que su ego veinteañero lo había obligado a combatir su prematura calvicie rapándose la cabeza por completo. Algo así como un "me voy antes que me boten".

— Él es mi enamorado. Él es Eduardo, un amigo de hace uffff —dijo ella, al tiempo que el pata se puso de pie, y sus ágiles, pequeños y celosos ojos me escrutaron con la facilidad con que lo hace el escáner de una caja registradora con un código de barras. Al parecer no intuyó peligro, pues me hizo una mueca que interpreté como una sonrisa y me extendió la mano. Luego ella me llevó aparte, lejos del ruido, para poder conversar.

— Disculpa, es un poco arisco. Creo que lo voy a terminar. Hemos terminado unas cien veces en los seis meses que estamos —me dijo.

— ¿Cuándo fue que volviste? Desapareciste del mapa —le increpé de repente, con la mayor voz de resentido que pude fingir. Y digo fingir porque no estaba resentido, aunque probablemente hubiera estado en mi derecho. Sin embargo, el tenerla ahí de nuevo, tan perfecta, cuando una parte de mí pensaba que jamás la iba a volver a ver, era suficiente para olvidarme de todo.

— Sí, tienes razón... pues me hackearon la cuenta de messenger y sabes lo floja que soy con los temas de tecnología, ni siquiera me creé otro. Volví hace unos diez meses y pues, bueno, ya nada parecía estar ahí. Fui a tu casa y me dijeron que ya no vivías allí. Te escribí un par de veces al correo de la universidad, porque el otro no lo recordaba, y tú nada. ¡Yo creí que eras tú el que había desaparecido del mapa!

Sabía que todo lo que había dicho era cierto. Durante su viaje me mudé, mi correo de la universidad, una vez que egresé, lo revisaba a las quinientas y, cosa rara, no teníamos amigos en común, como para preguntarles a ellos si sabían algo del otro. Me contó que ni bien llegó consiguió un lugar para practicar y allí conoció a su novio. Debido a que no había hecho ningún trámite para guardar su cupo de matrícula en la universidad, no pudo volver ese mismo semestre, así que, arrabatada como ella sola y con ese espíritu alpinchista que siempre la caracterizó, se fue a otra universidad.

No tuvimos tiempo de hablar mucho más. Rápidamente me dio el número de su celular —según ella, el primero que tenía— y nos dirigimos a nuestras respectivas mesas. Antes de separarnos se dio tiempo para una última pregunta.

— ¡Ah! Oye, Eduardo, ¿y tú? ¿Estás con alguien? —me preguntó. Me reí para mis adentros. Si alguien estaba al tanto de mi legendariamente lamentable vida amorosa, era ella. Siempre cuestionaba mis gustos y trataba de apoyar a cualquier muchacha que conociera cuyo nombre, según su criterio, sonara bien con mi apellido.

— Más solo que nunca. Tú sabes, la miseria me sienta bien —le dije sonriendo, recordando los tiempos en que sosteníamos ese tipo de conversaciones hasta el cansancio.

— Interesante. Llámame mañana, no nos volvamos a perder —me guinó el ojo y se fue.

Veinte minutos después, mientras trataba de explicarle a mis amigos que no les podía dar el teléfono de mi amiga así juraran que el samurai de su novio no era competencia para ellos, sonó una vieja, aunque recordada, canción de Luis Miguel. Antes de que me diera cuenta, oí la ya conocida voz ronca a mis espaldas y sentí una mano que me jalaba del cuello de la camisa. Un segundo después estaba ahí, parado en una esquina de ese karaoke, cantando esa canción nuevamente y muriendo socialmente, pero disfrutándolo. La muchacha de la sonrisa tierna y cuerpo infartante había vuelto y, efectivamente, estaba más fuerte que nunca.

*******

Y así llegó ese viernes. Después del día del karaoke volvimos a ser inseparables. A la tarde siguiente la había llamado, tal como me lo había pedido. Me dio su nuevo messenger y nos empezamos a mandar mensajes todo el día. Nos hubiera gustado vernos, pero las distintas obligaciones nos mantenían ocupados y siempre que quedábamos, uno de los dos cancelaba.

Ese viernes llegué unos minutos tarde y ella ya estaba allí. Lucía, para variar, perfecta. Y no solo eso, sino que irradiaba ese dulce perfume que tantas veces me había embriagado.

Charlamos un rato sin decirnos nada, hasta que le pregunté por el favor aquel del que me había comentado por teléfono. Dudó. Era claro que algo le pasaba. Aunque podía decir que la conocía tan bien como a mí mismo, en ese momento parecía tener un cierto aire misterioso e impredecible, pero, a la vez, adorable y con una cierta dosis de melancolía, algo que siempre me pareció que estuvo presente en ella —por lo menos parecía florecer cuando no sabía qué hacer— y que nunca había aprendido a descifrar del todo. Cuando eso pasaba —e influía que cuando estaba con ella me sentía empequeñecido ante su belleza y adoptaba una actitud sumisa frente a la dictadura de sus encantos— le concedía cualquier capricho que pudiera ocurrírsele solo para complacerla, y así borrar ese estrago de tristeza de su rostro. El único problema era que ella, a diferencia de mí, sí sabía descifrarme a la perfección.

— Es que sé que no te gustará la idea...

Solo me miró fijamente y se limitó a sonreírme ligeramente. No dije nada, pues con su silencio y con el solo hecho de verla me sentía satisfecho. Ante mi silencio, ella arremetió.

— ¿Recuerdas esa vez que te acompañé a esa reunión? —me preguntó. Tuve que hacer un sincero esfuerzo por recordar ese evento. Había sido hace unos seis años. Ante mi insistencia, había ido conmigo al cumpleaños de una amiga, una fiesta a la que no tenía muchas ganas de asistir. Aún no recuerdo por qué era tan necesario que vaya, pero cuando le pedí que me acompañara, ella, un poco a regañadientes, aceptó, solo por darme gusto.

— Sí, recuerdo... —le respondí, intuyendo por dónde iba el asunto.

— Pues te cuento... Es el cumple de mi jefe, el otro sábado, y me gustaría que me acompañes —me explicó muy rápido, casi atropellando las palabras.

— Tú sabes que odio ese tipo de reuniones...

— Lo sé, lo sé. Lo recuerdo —me interrumpió.

— ¿Y qué fue con tu novio? ¿Por qué no vas con él?

— Te dije que iba a terminar con él, ¿no? Pues lo hice. Y ahora, como trabajamos juntos, las cosas están algo incómodas. Además, él tiene varios años trabajando allí y todos nuestros amigos, bueno, sus amigos, parecen estar de su lado, o algo así.

Me quedé meditándolo unos segundos. No quería ir. La adoraba, pero no quería hacerlo. Iba a estar totalmente fuera de lugar. Más allá de que no me gustaran ese tipo de reuniones, habían muchas otras cosas que se presentaban desalentadoras para mí. Tendría que desempolvar mi terno, por ejemplo. Además, siendo honestos, iba a arruinar la foto. Mi descuidado físico y la carencia de elegancia de una barba que no pensaba afeitar y una despilfarrada melena que no pretendía cortar iban a verse terribles al lado de la brillantez de la sonrisa de ella y el vestido entallado que seguramente ella luciría con garbo aquella noche. No, no daría mi brazo a torcer.

— Porfa, Eduardo, contigo no me voy a aburrir. Nunca la pasamos mal —me dijo, casi al borde de la súplica.

Ajá. Sabía lo que hacía. Trataba de adularme, de hacerme sentir importante y acariciar mi ego. Seguramente luego iba a empezar a mirarme con sus ojazos pardos... Sí, sí, efectivamente, ahí estaban, expresivos y glamorosos, tan impactantes que casi podía sentir su mirada en el alma. Pero estaba preparado. Ella no contaba con eso. Luego, me tocó el brazo ligeramente. Eso no me lo esperaba, pero supe arreglármelas. Contrarresté su ofensiva con sobriedad y contraataqué. Le repetí que no iría, que qué flojera, en mi tono más convincente y tajante, como regañándola suavemente. Sin embargo, eso no funcionó. Entonces decidió lanzar su más letal arma. Me volvió a mirar y me sonrió de manera perfecta, con una mezcla de coquetería y seguridad, sabiendo que tenía al toro por las astas. Dejó que su sonrisa y su mirada hablaran y amortiguó mis últimos, silenciosos y vanos intentos por escapar de su fulminante ataque. Había caído y estaba a su mando. Me tenía sometido a su soberbio encanto. Y lo peor era que ella, la muy cabrona, lo sabía. No hacía falta decir o hacer más. Las palabras solo oscurecerían mi trágica realidad. Estaba derrotado. Me había derrotado.

— ¿Paso por tu casa o me recoges tú? —bromeé. Extendió aún más su sonrisa, con altivez triunfante, y me abrazó fuertemente, como un símbolo de reconocimiento a mis infructuosos intentos por darle batalla.

— ¡Genial! Será en Cieneguilla...

— ¡¿Cieniguilla?!

— ...iremos en el carro de una amiga —continuó sin importarle mi objeción por el alejado sitio donde se llevaría a cabo la dichosa reunión—. Lo olvidaba, los hombres deben llevar una corbata lila o morada. Así quiere mi jefe, es como el tema de su fiesta o algo así.

— Huachafo...

— Las mujeres vamos a ir con vestido lila. Si no tienes, yo le puedo pedir una a mi papá.

— Sí tengo. Oye, ¿y segura que tu novio, que supongo irá, no se pondrá saltón? O sea, tú y yo sabemos que no somos nada y soy inofensivo, pero no es lo que va a parecer —le dije, con temor a que se comenzara a reír por insinuar que un lomazo como ella y yo podríamos tener algo.

— Ese chino cara de pedo. Si le jode, pues chapamos en su cara, para que le joda más.

— Bueno, si insistes...

— Ja, ja. Ya quisieras. No te precupes, Edú —la adoraba cuando me llamaba así—. Si llega a molestarse es su problema. Y con el resto de gente igual. Me da igual lo que piensen.

— Pensarán que tienes un gusto terrible.

— Pero si eres lindo. Gracias, Eduardo, te debo una.

— Lo tendré en cuenta.

No nos dijimos mucho más durante el resto de la media hora que permanecimos en aquel sitio. Sin embargo, tenía ese ya típico sentimiento de que la había cagado.

*******

Ese sábado llegué muy temprano a su departamento. Ahora, solo vivía con hermana, una chica mucho mayor que ella con la que apenas había hablado una o dos veces y que, en esas pocas ocasiones, fácilmente pude deducir que no tenía ni una pizca de la gracia y belleza de su hermana menor. Por lo que sabía en esos momentos se encontraba trabajando. Estaba por tocar la puerta, cuando oí su voz desde adentro.

— ¡Vete ya y no me jodas! —escuché que gritaba. Me quedé parado ahí sin entender, sin saber si irme de su casa o tocar a ver qué pasaba. Opté por lo segundo.

— Un ratito, Eduardo, ya salgo —me dijo con su usual voz de niña. Yo seguía sin entender nada.

— ¿Quieres que me vaya? —me atreví a preguntarle. Ella abrió un poco la puerta y asomó su cabeza.

— ¡Te afeitaste! —me dijo ni bien me vio.

— Y también me peiné —le respondí.

— Interesante. Pasa. ¿Por qué querría que te vayas?

— Acabo de escucharte decirlo...

— No, no. ¿Escuchaste eso? No era para ti, Eduardo. Estaba hablando por teléfono.

— ¿Con quién? —le pregunté un poco más tranquilo y entrando a su departamento. Entonces la vi y quedé deslumbrado por ella, lo que me hizo olvidar todo el asunto del vete ya y no me jodas. Tenía un vestido lila entalladísimo y que le quedaba perfectamente hasta los tobillos, ocultando ligeramente sus plateados zapatos, dando la impresión de que estuviera flotando en la nada. Su usual cabello lacio estaba ondulado y por lo que pude percibir solo usaba un poco de maquillaje, suficiente para lucir naturalmente bonita. Aún se terminaba de colocar los aretes cuando de manera media enredada me comenzó a explicar lo sucedido.

— Mira, me llamó el Chino, mientras me cambiaba y estaba abajo. Había venido a recogerme. Y cuando lo largué, no quería irse el hijoeputa. Insistía en qué tenía que llevarme, que yo era su enamorada, que cómo iba a llegar sola. Entonces le dije que me recogería Susana, la amiga que te dije, y que tú irías conmigo. Entonces se puso mucho más faltoso. Que quién es ese, que me vas a hacer quedar mal con la gente del trabajo. Y ahí lo mandé a la mierda, y eso fue lo que escuchaste. Te debe haber visto llegar...

— Oye, yo no quiero causar problemas. Yo te quiero mucho, pero ir contigo va a ser meterle más leña al fuego y seguramente el Chino este va a estar jodiendo. A lo mejor tú tampoco deberías ir.

— Yo voy a ir y que se joda él. Eduardo, no te preocupes por nada, no me estás causando ningún problema. Yo sé defenderme.

Accedí de mala gana. Lo último que quería era meterme en ese tema. Unos minutos después llegó su amiga Susana, también con un vestido lila. Así, bien uniformados y aún con la firme idea de que el jefe de esa oficina era un total y entero huachafo, partimos rumbo a la lejana Cieneguilla.

Al llegar a la inmensa casa del jefe, la primera impresión que me dio fue la de encontrarme en un desfile de modas en el que se exhibían vestidos lilas. Pasamos al jardín donde estaban la mayoría de invitados y, pese a la cantidad de gente que había y las hermosas colegas de mi amiga, debo confesar que mi atención se dirigió directamente a una señora que estaba sentada a un costado. Era una vieja de fealdad jamás vista, que vestía un sastrelila elegantísimo.

— Esa tía es una de las más más de mi departamento. No he tratado mucho con ella, pero dicen que es una mujer horrible —me comentó mi amiga mientras pasábamos a una distancia prudente de la aquella mujer.

— Es más fea que el pecado —le dije. Sin embargo, su fealdad era cautivante. La tía no habría parecido tan elegante ni aristocrática sin esos indecorosos rasgos.

Aún con el rostro de la vieja en mente, nos ubicamos en una de las mesas del centro del enorme salón, donde ya estaban las amigas de ella, todas de lila, aunque, en mi opinión, opacadas por mi amiga. Me senté calladamente observando a la gente, mientras mi amiga se ponía al día en las conversaciones con el resto de muchachas de la mesa. Pude ver a lo lejos al Chino. Estaba vestido todo de negro, lo que le daba un aire a un stripper o a un asesino a sueldo oriental. Era claro que se había meado en el deseo del cumpleañero por que los asistentes masculinos usaran corbatas azules y tenía una de un negro acrílico.

Sentí algunas miradas juzgadoras, como si la gente supiera que en ese tipo de reuniones lo importante se dice en los rincones del salón y no al centro, a los oídos de todos. La pronta llegada de los trago hizo que me relajara un poco. Salvo las esporádicas conversaciones con mi amiga —que se daba tiempo para mí, pese a que era frecuentemente concurrida por algunos compañeros de trabajo— no sociabilizaba con nadie, ni nadie lo hacía conmigo.

Como rápida consecuencia de los tragos —mi único y fiel acompañante en esos momentos— sentí deseos de ir al baño, así que me paré, me excusé levemente con mi amiga y me lancé a la excursión de encontrar el baño en la inmensa casa.

Cuando salí del baño habían dos chicos esperando a entrar. Me hice a un lado para que entre el primero de ellos, pero no se movió. Se acercaron a mí y cortésmente ofrecieron un trago. Me cayeron bien, así que nos pusimos a conversar un momento. Pasamos de las presentaciones formales a hablar de política, para luego hablar de fútbol y después se interesaron en mi labor como periodista. Lo siguiente sucedió tan rápido que casi no me di cuenta. Uno de los tipos, el más alto, apoyó su brazo en la pared que tenía al frente, yo a la espalda, y acercó sigilosamente su rostro al mío.

— Ahora dime, ¿en qué andas con la china? —me preguntó y pude sentir su aliento alcohólico.

— ¿Cuál china?

— La flaca del Chino, pues.

— ¡Ah! Pero ella no es jaladita. Y según tengo entendido, es la ex enamorada...

— ¡No te hagas el huevón!

Me quedé viendo al tipo alto sin saber si reírme o no. Claramente no era una broma lo que me decía, pero no podía evitar sonreír por dentro por lo cómico que me resultaba la escena.

— Lo que pasa es que ella y el Chino se quieren un montón y están con algunos problemas. Y parece que tú estás aprovechando de eso —comentó de repente el tipo bajo.

— Creo que son dos los que están huevones.

— Mira compare, yo conozco a la china casi un año y la estimo bastante y no sé de dónde apareciste tú y te aprovechas...

— Yo la conozco diez años —exageré, la conocía nueve—. Si a tu compare el Chino le pasa algo que venga él mismo a decirme.

Le quité el brazo de la pared al tipo alto y avancé rumbo al jardín, donde estaban casi todos los invitados bailando. Pensaba en que todo lo que había pasado era cosa del Chino resentido, feo y cabeza de falo, que sin dudas había mandado a sus chacales. En tanto, yo ya ideaba cómo podía utilizar mi triste corbata lila como arma de destrucción en caso tuviera que hacerle frente al japonés ese que, más que seguro, poseía habilidades caratecas.

— ¿Dónde te habías metido? —me atrapó la voz de mi amiga ni bien me senté.

— Sorry... tuve un percance.

— No sabes, el idiota este del Chino vino mientras no estabas y empezó a joder —me dijo.

— Chino pendejo... —solté, confirmando que todo el rollo anterior había sido idea suya.

— Puta madre, Eduardo, me asusté. Me decía que lo estaba avergonzando enfrente de todos sus amigos, que ya todos decían que al toque le había buscado reemplazo. Y cuando le dije que a la mierda con él, que si le jodía era su roche, se puso como loco, me jaló feo y me llevó a un costado, y me empezó a gritar, Eduardo. Estaba rojo el chino de mierda y se le hinchó una vena en la pelada —me dijo con voz atropellada y los ojos llorosos.

— Obviamente está dolido. No le hagas caso. Como dices, es su roche. Él pudo traer a alguien también —le dije tratando de consolarla, pero fue peor. Se fue quebrando y al minuto estaba llorando en mi hombro. A pesar de que la conocía tanto tiempo, nunca la había visto llorar como ese día. Entonces odié al Chino con todas mis fuerzas.

— No, Eduardo. Siempre ha sido así. En estos seis meses siempre fue un patán, siempre celoso, posesivo. Me llamaba y mensajeaba hasta de madrugada, solo para saber dónde estaba. Y no solo eso, también llamaba a mis amigos, a mi vieja, Eduardo, para preguntarles si era verdad que estaba donde yo le había dicho. Todas las peleas que tuvimos fueron por su culpa. Renegaba de todo. Si cada vez que terminábamos volvíamos, era porque me rogaba para hacerlo. Solo que hoy estaba bien agresivo... me dio miedo, Eduardo.

— Entonces aléjate de él. Tú no te mereces a un tipo así —le dije. Se quedó callada y aún con los ojos llorosos me miró profundamente, como pidiéndome perdón. Pero yo no lograba entender por qué.

— Eduardo... Te juro que me dio tanto miedo, que le dije que lo vería mañana, para conversar. Que iba a pensar si volvíamos...

— ¿Por qué? Me acabas de decir que no quieres nada con él.

— Sí. Bueno, no. Es que me da miedo cómo va a reaccionar si le digo que no. Además, cuando lo llegas a conocer, es buen tipo...

— ¿O sea, vas a esta con alguien porque le tienes miedo?

— No. Sí. No sé, Eduardo. No sabía qué hacer.

— Tú sabes que te mereces alguien mucho mejor que el chino ese.

— Seguramente. Pero, ¿y qué si no hay nadie, Eduardo?

— ¿Qué no haya nadie? Mírate, eres perfecta, y no lo digo porque sea tu amigo y te conozca años. Realmente te mereces mucho más. El Chino no es el último tipo que vas a conocer en tu vida.

— ¿Y por qué estás tan seguro? —y volvió a quebrarse y a llorar.

— Tú te mereces alguien que te respete, que te valore, que confíe en ti...

— Sí, sí, sí. ¿Y eso me de dónde va a salir? ¿Tú conoces un tipo así?

— Sí, bueno, pudiera conocer —me quedé callado, sabiendo que mi respuesta había sido poco convincente— Y ¿por qué, por qué no yo? —agregué casi con impotencia en mi voz.

— ¿Qué? — me preguntó ella, tras unos segundos eternos en los que pareció reflexionar sobre lo que acababa de oír.

Yo, por mi parte, me quedé ahí tieso, pues ni yo mismo me esperaba lo que acababa de decir. Las palabras simplemente salieron, sin pensar. Inmediatamente supe que había cometido un error. Porque yo la quería, cómo no quererla, pero no así, no de esa forma y no para eso. Al visitante de este cada vez menos concurrido blog y al lector de este post, que no piense que simplemente no me parecía atractiva o no le tenía ganas, como se suele decir. Pero jamás, de no ser por la impotencia que sentí en ese momento, de las ganas que tenía de hacerla sentir mejor y no poder hacer nada, le hubiera hecho tal proposición. En ese momento, no sé por qué, sí me sentí un aprovechador. Pero no había vuelta atrás, por lo menos no le veía salida al asunto. ¿Retractarme? No hubiera sido justo para nadie. Ahí seguía yo, en el momento más tenso y silencioso de nuestra larga amistad, agonizando en sus ojos y sin hallar respuesta alguna. Los diez años de alegrías, desencantos y vivencias con ella pasaron por mi mente en cuestión de segundos. ¿Por qué no?, pensé de repente. Nunca habíamos discutido, nos llevábamos bien, era una de las pocas personas con la que podía conversar horas de horas sin aburrirme. Hasta me proyecté en que podríamos tener hijos bonitos (si salían a ella, claro. De mí solo iban podían sacar la miopía y esa contextura media amorfa con la que convivo). Así que seguí adelante.

— Sí, ¿por qué no? — le dije rompiendo el silencio.

— Interesante —me dijo pronunciando largamente cada sílaba, como volviendo a la realidad y aún, supongo, sin creer lo que acabía de escuchar—. No sé, Eduardo, ¿hablas en serio o me estás hueviando?

— Ehhh, pues sí, digamos que sí. Mira, nos conocemos hace años, nos cagamos de risa juntos y nos llevamos genial. Tú siempre me has parecido una muchacha atractiva y, bueno, sé que hace años te mueres por mí.

Ella dejó atrás la cara de sorpresa y aún con algunas lágrimas en los ojos comenzó a reír (tal vez un poco más fuerte de lo que me hubiera gustado). Con solo verla sonreír nuevamente me sentí mejor.

— ¿Ya ves lo linda que se te ve cuando sonríes? Así deberías estar siempre y no sufriendo por cualquier chino pezuñento que no le ha ganado a nadie y que no sabe valorar lo que tiene.

— Eduardo, no sé qué decirte. A lo mejor cuando recién no conocimos... o si no me hubiera ido hace cuatro años, tú y yo...

— ¿Cómo? ¿Quiénes? No, no. No digas nada —la interrumpí y la abracé para que no dijera más. Si alguna vez en lo que iba de nuestra amistad hubo alguna remota chance, no quería enterarme. Prefería que las cosas siguieran así, en la sublimidad de la ignorancia. En esos momentos no era importante. Le había dicho lo que le había dicho, pero sin el verdadero objetivo de obtener una respuesta positiva o alentadora. Eso era lo de menos. Lo que quería hacer era hacerla sentir mejor y eso estaba conseguido. En eso, un rostro como salido de una pesadilla nos sacó del momento.

— ¿Pasa algo? —dijo la voz de la mujer horrible que vimos al entrar.

— No, nada —respondió mi amiga prontamente.

No nos quedamos para el postre. Ninguno tenía ganas. Solo al final, a pedido de su extravagante jefe —digo extravagante porque vestía un terno lila, fuera de eso parecía totalmente normal— bailamos un rato antes de irnos. Cerca de la puerta estaba el Chino, quien sin afán de disimular, nos dirigió una mirada fulminante. Mi amiga no se dejó intimidar y quizás aparentando más osadía de lo que en realidad tenía, me tomó de la mano.

La señora fea resultó siendo bastante amable y se ofreció a sacarnos de Cieneguilla a un lugar más cercano. Luego tomamos un taxi, donde mi amiga, rendida por la jornada, se recostó en mi hombro y se quedó dormida unos minutos. Llegamos hasta la puerta de su edificio y su semblante era diferente. Estaba más risueña e incluso nos sentamos un rato en las escaleras de la entrada de su edificio a conversar y recordar viejos tiempos.

— Aunque pareciera que no, la pasé muy bien hoy, Eduardo —me dijo, al tiempo que se ponía de pie para entrar. Me brindó la mejor de sus sonrisas y me dio un beso en la mejilla mientras me tomaba de las manos. Luego, antes de entrar, se quedó parada como queriendo decir algo, pero sin atraverse. Entonces le hice una seña para que no se preocupara y permaneciara callada.

— Te quiero un montón, Edú, gracias por todo —me volvió a sonreír y entró a su edificio. A pesar de las horas que estuvimos fuera, mientras mi corbata casi ya no tenía nudo y mi camisa bailaba fuera del pantalón, ella seguía luciendo preciosa en su vestido lila, como si recién estuviera partiendo hacia la fiesta. Antes de dirigirse a su depa —en el tercer piso— se asomó por el balcón del segundo y volvió a despedirse. En eso, oí que sonaba una música lejana: era su celular. Lo sacó de su cartera y al ver la pantalla se le apagó cualquier rasgo de sonrisa, pero se repuso al instante. Me miró a lo lejos, rió y colgó la llamada. Sin embargo, casi al instante, volvió a sonar. Ella hizo un gesto de impaciencia y sonriendo pícaramente, sin previo aviso, lanzó su celular a la calle, en dirección mía. Casi por instinto recibí el pequeño aparato, que aún timbraba impaciente.

— Yo no uso esas huevadas, no van conmigo. Bótalo por ahí. Búscame mañana para almorzar—me gritó desde el balcón, dio media vuelta y se dirigió hacia su departamento.

— Como usted diga —dije casi para mí mismo. Nuevamente fiel a sus caprichos, caminé un rato con el celular aún chillando y después de un rato lo deposité en un tacho de basura cercano. El regreso de la chica de generosa sonrisa había sido triunfal.

*******

La noche-madrugada era cálida y me provocó caminar un poco, antes de enrumbar hacia mi cubil. Mi mente aún giraba en torno a todo lo que había pasado. Era bastante tarde, más o menos la hora, como alguna vez alguien me dijo, en que uno solo se topa por las calles con la gente demasiado alegre o demasiado triste. Y no sé si para bien o para mal, pero no me colocoba en ninguna categoría.

Me sentía en parte contento por mi amiga, pues consideraba que había dado un buen paso al chotear al Chino puñetero, pero a la vez confundido y esforzándome por tratar de comprender al susodicho. Su manera de actuar tampoco podría ser por gusto, ni siquiera lo encantadora y bonita que pudiera ser mi amiga lo justificaría. Entonces concluí que si a las mujeres les gusta el golpe, a lo hombres nos gusta el daño.

Luego me quedé pensando en mi seudo propuesta, osada y casi obscena, y no pude evitar sonreír. No podía imaginarme mi reacción si me hubiera dicho que sí o si me hubiera dicho un no tipo "estás huevón". Luego me inquietó la posibilidad que ella insinuó, en la que tal vez antes podría haber sido. Obviamente en la larga amistad que me unía a ella lo había considerado en algún momento, pero sin la verdadera intensión de alguna vez volver esos pensamientos en realidad, pues como amigos estábamos bien. Finalmente le eché tierra al asunto. Ya era suficiente de pensar en el pasado y lo que pudo haber sido del futuro si se hacía algo diferente.

Sin embargo, el asunto me siguió dando vuelvas a la cabeza. Al final, terminé dándome cuenta de que las oportunidades perdidas forman parte de la vida tanto como las oportunidades aprovechadas. Entonces, una historia, cualquiera que sea, no podía detenerse en lo que podía haber sido. Y así ha sido hasta ahora.

Dejo dos canciones. La primera de Cerati porque como dice en esta rola, hay preguntas que más que preguntas son respuestas. La segunda porque ¿por qué no?



viernes, 15 de octubre de 2010

Nadie más que tú

Bueno, acabo de volver de jugar daño (póker) y llegué a mi casa tarareando un reguetón. Esto porque mientras jugábamos escuchábamos un dial medio 'blin blin', ya que Cachi ni a Julito querían escuchar baladas. Es que en verdad, eran una redundancia para el 'daño'. Entré a mi cubil, encendí la computadora y entré como 'webeando' al facebook. Entonces me topé con este jueguito en el perfil de una amiga. Y como ha sido un dia 'weberazo' se me ocurrió hacer el jueguito, de paso que 'purificaba' en algo mi oído y dejaba de tararear reguetones. Ya como a la quinta canción me empezó a causar gracia el asunto. Así que en un día 'weberazo' decidí postear un post 'weberazo'. A ver si alguien se anima a hacerlo. De antemano pido disculpas por las posibles faltas ortográficas.

Instrucciones:

1. Pon tu MP3/Ipod/Celular en Modo Aleatorio (Shuffle)

2. Para cada pregunta presionarás el botón de siguiente para obtener la respuesta.

3. DEBES ESCRIBIR EL NOMBRE DE ESA CANCIÓN SIN IMPORTAR CUAN ESTÚPIDO SUENE.

Aquí dejo las respuestas que lanzo mi cochito Ipod:

1. SI ALGUIEN DICE ‘TODO ESTÁ BIEN’, ¿TÚ DICES? La fuerza de la costumbre - Gabinete Caligari (Okay, empezamos mal. Y es que es muy posible que en verdad esta haya sido mi respuesta en más de una ocasión jajaja. ¡Si hasta escribí un post al respecto! Por si acaso, la versión que tengo de esa canción es un cover de Wicho de Mar de Copas).

2. ¿QUÉ DESCRIBE MEJOR TU PERSONALIDAD? Perfect Situation - Weezer (El título no dice mucho, pero la letra me deja mal jaja In a perfect situation, I lead love down the drain. There's the pitch, slow and straight, and all I have to do is swing and I'm a hero, but I'm a zero...).

3. ¿QUÉ TE GUSTA EN UN CHICO/CHICA? Only hope - Switchfoot (Aca sí el jueguito este creo que sí fallo. Igual esta canción es buenísima. Gracias al jueguito este la vuelvo a escuchar).

4. ¿CÓMO TE SIENTES HOY? Heartless - Kanye West (Me cagaste, Kanye West jajaja. Bueno, eso depende de cómo se traduce esta rola. Analizando la traducción exacta de heartless, entiendo que significa sin corazón o descorazonado y si es así, puedo decir que me cagó. Aunque también puede significar algo así como cruel -porque no tiene corazón-. Prefiero la última traducción, pues es menos exacta).

5. ¿CUÁL ES TU PROPÓSITO EN LA VIDA? Falso amor - Mar de Copas (De que sirve el amor, si me muero por ti, si no puedo vivir sin tu amor... si tan pálido estoy, sin tu cálido y falso amor... jajaja. Okay, acá me comencé a preocupar y decidí postear esto. Es que por más que un título de canción pueda significar algo, nica es el próposito de tu vida, pues. Y si lo es, puta madre, estoy codnenado. Así que mi Ipod me sigue haciendo daño) (Pd.- De los escasos gatos que frecuentan mi blog, si sintieron curiosidad y entraron al video de esta canción, no sé quién lo hizo, o de dónde lo sacaron, pero esta muy bueno).

6. ¿CUÁL ES TU LEMA? Eterna Soledad - Enanitos verdes (Jajaja, me siguen cagando. Prefiero pensar que la parte de Hay que correr el riesgo, de levantarse y seguir cayendo... se acerca más al lema de mi vida y no el título de la canción).


7. ¿QUÉ PIENSAN TUS AMIGOS DE TI? Mid life crysis - Travis (Gracias, basuras. Aún no creo estar en esa crisis...u_u').

8. ¿EN QUÉ PIENSAS MUY A MENUDO? Next Year - Foo Fighters (¿En el próximo año? Lo único que me preocupa del otro año es en que mes saldré de vacaciones :S).

9. ¿CUÁNTO ES 2+2? Life in disguise - The Slip (Definitvamente la más webera de las preguntas. Aunque sea sirvió para que me reencontrara con esta canción)

10. ¿QUÉ PIENSAS DE TUS MEJORES AMIGOS? No puedo evitar pensar en ti - Duncan Dhun (para que vean que yo sí los aprecio y los tengo siempre presentes, basuras).

11. ¿QUÉ PIENSAS DE LA PERSONA QUE TE GUSTA? Contigo - Joaquin Sabina (Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren... ¡qué daño!).


12. ¿CUÁL ES LA HISTORIA DE TU VIDA? Universo - Libido (Ala, que buena esta canción, aunque es algo egocéntrica. Espero no refleje la historia de mi vida... ustedes dirán).

13. ¿QUÉ QUIERES SER CUANDO CREZCAS? Pan con mantequilla - Amen (jajajajajaja eso lo consideraré si es que no veo realizado mi sueño de complementar mi labor de día como periodista, con la de ser por las noches un justiciero enmascarado que combata el crimen).

14. ¿EN QUÉ PIENSAS CUANDO VES A LA PERSONA QUE TE GUSTA? Teenage Dirtbag - Wheatus (Wow, años que no escuchaba esta canción. Puede tener razón mi Ipod, si hablaramos de un amor adolescente. Para los que han escuchado esta rola, porsia, la voz de la muchacha la hace el mismo vocalista. Aca se nota mejor).

15. ¿QUÉ PIENSAN TUS PADRES DE TI? What's my age again? - Blink 182 (...).

16. ¿QUÉ BAILARÁS EN TU BODA? Ahora que estoy peor - Los secretos (jajajaja será para que la ya desdichada novia me asesine).

17. ¿QUÉ MÚSICA SONARÁ EN TU FUNERAL? Superfreak - Rick James (jajajaja, y si además de escucharla lo bailan como en Little Miss Sunshine, estaré riéndome en mi féretro)

18. ¿CUÁL ES TU PASATIEMPO? Dosed - Red Hot Chili Peppers (¿Dosificarme? Este es un temón de los RHCP. Y sí, también es daño).

19. ¿CUÁL ES TU MÁS GRANDE SECRETO? Angels and devils - Dishwalla (No creo).

20. ¿QUÉ PIENSAS DE TUS AMIGOS? Walk on -U2 (Only fly, only fly for freedom, my friends...).

21. ¿CUÁL ES LA PEOR COSA QUE TE PODRÍA PASAR? Cigarettes and Alcohol - Oasis (Dios, esta tiene que ser una señal).

22. ¿CÓMO MORIRÁS? Canción para mi muerte - Sui Generis (jajaja, que preciso mi Ipod. Según esta rola, moriré haciendo la cama para dos...).

23. ¿DE QUÉ ÚNICA COSA TE ARREPIENTES? Como un perro – Libido (¡Ufff! Menos mal que esta no salió en la pregunta anterior jajaja. ¿Me arrepiento de discutir sin razón, de querer llevar el control, que de tus manos no vaya a bailar. De hacerte sentir mal y de luego pedir perdón, siendo tú la única culpable de la situación? Es probable)
.

24. ¿QUÉ TE HACE REIR? Baby one more time - Britney Spears (Sí, sí, es de Britney Spears, pero antes de que me juzguen, debo aclarar que yo tengo la versión de Travis. Y bueno, muchas veces sí, esa cancion es digna de risa, pero con Travis no me meto u_u)
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25. ¿QUÉ TE HACE LLORAR? Sigues dando vueltas - La Rue Morgue (Ptm. Esta canción en verdad dan ganas de llorar).

26. ¿TE CASARÁS ALGÚN DÍA? Cuando seas grande - Miguel Mateos (¿supongo que eso es un no? Soy un chico de la calle... definitivamente es un no).

27. ¿QUÉ ES LO QUE MÁS TE ASUSTA? No vuelvas nunca mas - Los Secretos (tamare)

28. ¿LE GUSTAS A ALGUIEN? Baila conmigo - Andrea Legarreta y Rodrigo Vidal y Si es amor - Rodrigo Vidal (Sorry, pero tengo estas dos canciones pegadas en mi Ipod. Ambas son una pastrulada jajaja. Son de esa novela mexicana que se llama Baila conmigo, con mi tocayo Eduardo Capetillo y la mamasita de Bibi Gaitán. Sí, tengo estas dos canciones y no me juzguen por eso. No van con la pregunta, pero es un recuerdo de esa novela que veía de chibolo. Ojalá algún día la repitan).

29. SI PUDIERAS RETROCEDER EL TIEMPO ¿QUÉ CAMBIARÍAS? To make you fell my love - Kris Allen (en esta también me recagó mi Ipod. Bueno, esta canción me parece es de Bob Dylan, pero yo tengo esta versión, que es del broder que ganó American Idol el año pasado).

30. ¿QUÉ TE HIERE AHORA? Earth Angel (Bueno, sí. Por más que todo ande bien, siempre hay un 'Earth Angel' que por más 'Angel' que sea, termina cagándote)

31. ¿CÓMO NOMBRARÁS ESTE POST? Anyone else but you - The Moldy Peaches (Bueno, mi cochito Ipod terminó consagrando su insanciable misión de hacerme daño con esta 'terrible' canción. Du du du du du du du du du du...).

Acá acaba la vaina. Espero alguien se anime a hacer este jueguito. Y si lo postea mejor. Puede llegar a ser desestresante, pero también puede servir de terapia. Críticas, comentarios, maleteos, tips, consejos o advertencias sean bienvenidos.


Como hay muchas canciones y no sé cuál dejar, como ya habrán visto, dejé el link de cada una de las canciones para el lector curioso. Para el lector ocioso o con mejores cosas que hacer, pero que se tomó el tiempo de leer este post 'webero', dejo el video de la última canción, que le da título a esta humilde entrada.

lunes, 23 de agosto de 2010

A las mujeres les gusta el golpe (Parte II)

Caso 2
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Era un día ocioso y me distraía jugando póker en línea. En eso, mi messenger retumbó. Era una vieja amiga. A decir verdad, "amiga" seria un término muy amplio para ella. Era una conocida, con la que alguna vez llevé un curso en la universidad. No estaba acostumbrado a hablar con ella, ni por el messenger ni en persona. La agregué una sola vez por una cuestión académica. Respondí su entusiasta saludo con un seco Hola. Ella no se amilanó y siguió con nuestra “conversación”. Sus preguntas eran largas. Yo le respondía con monosílabos, aún tratando de adivinar qué era lo que realmente quería. No me atrevía a preguntarle algo, pero parecía no hacer falta. Ella se preguntaba y se respondía sola. En cinco minutos ya sabía qué había sido de su vida en los últimos tres años, casi el periodo que no sabíamos nada el uno del otro. Había puntualizado todos los aspectos, excepto uno, que sé que lo dejó a propósito para el final.

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— Y así, pues. ¡Ah! No sabes. Terminé con mi enamorado. Ese con el que tenía cinco años. Lo recuerdas, ¿no? Al final, pucha, bueno, no funcionó. Ya le había aguantado bastante, también.
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— Manya, qué pena —le dije sin saber que ella tuviera enamorado.
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— Sí. Era un pendejo. Varias veces lo pesqué. Pero una tiene su límite, pues. ¿No has visto mi nick?
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— Sí, claro —le respondí, mientras recién le prestaba atención a su nick. En este se leía un coqueto Segundo día de libertad jijiji y un acumulado de caritas felices, avergonzadas, rosas y corazones.
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— ¿Ves? Es cuestión de seguir rápido. Por gusto me iba a quedar pensando en ese huevón.
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— Sí, pues.
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— Además de eso, era muy celoso. Me llamaba todo el día. Cuando yo era la que debía ponerme celosa de él. Y luego venía con su carita de yo no fui… Yo ya no estoy para eso, Eduardo.
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— Claro que no.
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— Solo sabía irse a chupar. Siempre me inventaba excusas y luego, cuando hablábamos, se le oía y olía que había tomado. ¿Y quién sabe que más haría? Fácil se iba de putas. Disculpa, Eduardo, ni sé por qué te cuento todo esto…
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— No te preocupes.
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— ¿Y tú cómo vas? Supongo que muy bien…
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— Sí, me va bien.
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— Claro. Tú no eres como ese huevas que solo sabía irse a pendejear.
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— Ajá.
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— Oye, ¿por qué no nos vamos a tomar un café algún día de estos?
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— ¿Cómo?
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— Claro, podemos conversar largo y tendido más tranquilos.
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— Bueno... No sé si pueda —le dije con genuino espanto. No me imaginaba entablando una conversación y mucho menos tomando un café con alguien que no veía hace tanto y a la que apenas recordaba.
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— Anda. ¿Hace cuánto no nos vemos? Además nos podemos poner al día de muchas cosas. No te vas a arrepentir.
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Tras esas últimas palabras, lo medité buen rato. A veces sufro de ese síntoma del que a veces padecemos la mayoría de los hombres. Ese en el que supones que cualquier cosa que te dice una mujer es un código camuflado que esconde coquetería. Chucha, a lo mejor la comadre le entra al cuento, recuerdo que pensé. También hice un esfuerzo por recordar la última vez que la había visto. Tenía ojos grandes, oscuros, cabello lacio, una sonrisa cálida... Puede ser, pensé, razonando más con el instinto viril —huevos— que con la razón.
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— Puede ser —le dije.
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— Perfecto. ¿Qué te parece el domingo?
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— No. Trabajo.
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— ...conozco un café bonito por mi casa. O también podemos ir al cine, tenemos tanto de qué conversar...
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— Ese día no puedo...
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— Me muero por ver una peli gringa que recién ha salido. Bueno salió hace tiempo, hasta ganó un Oscar, pero acá recién llega...
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— Yo puedo el viernes...
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— Sí, ah… ¿domingo no puedes?
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— No. Trabajo.
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— Ya pues, viernes. Mejor, creo que ese día hay descuento en el cine, aunque ahí no vamos a poder conversar... Lo del café puede ser.
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— Sí, pues. —fue lo último que recuerdo le dije. Ella siguió enumerando posibles destinos de encuentro y temas pendientes entre nosotros. Yo solo podía pensar en que la había cagado. Pero bueno, si cuando creía haber hecho algo bien y de la manera correcta no llegaba a ningún sitio, a lo mejor de un tremendo cagadón podía surgir algo positivo. En verdad esperaba que fuera lo último, pero sinceramente lo dudaba.

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**********
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Llegó el viernes sin demasiada expectativa. Traté de convencerme de que iba a pasarla bien. Que la muchacha universitaria se insinuaría y le entraría al cuento, como lo había imaginado cuando le di el “sí” fulminador. No era suficiente. Era más que un hecho que eso no sucedería, más aún con la bendita suerte con la que convivo. Llamé temprano a la mayoría de personas que suelo contactar en mis días libres, a ver si salía algo más interesante. (Ir al cine con alguna amiga con la que sí me divirtiera, un póker con la gente del daño, unas chelas con el ‘Feo’, el 'Badboy', el 'Rey' o algún otro incauto, alguna tocada de algún grupo X, un café con algún pata o alguna amiga, una pichanguita improvisada, etc.) Agoté las posibilidades y nada. Hasta llamé al trabajo a ver si todo andaba bien y no necesitaban manos.
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Me tomaba un Red Bull con la intención de agarrar moral, cuando mi celular vibró. Eduardo! Llámame, dictaba el mensaje. Era de la susodicha. Supuse que el número del que me mensajeó era su celular. Obedientemente la llamé.
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— ¿Hola? —pregunté.
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— ¡Eduardo! Oye aún no sale de tu casa, ¿no?
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— No —le respondí, mientras verificaba que faltaban unas cuatro horas para la hora que habíamos acordado. A menos que viviera por alguna cordillera andina, estaba a tiempo.
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— No sabes, me llamó mi novio, bueno, mi ex. Dice que quiere hablar conmigo...
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— Mira tú...
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— Pero quiere que sea hoy... no creo que me pueda reunir contigo.
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— Ahhh, qué pena —repliqué en un maquillado esfuerzo por sonar honesto.
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— ¡Discúlpame!
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— No hay problema.
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— Aún no me dice la hora, pero espero que todo se solucione. De veras lo siento —me dijo.
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Su voz, la cual no escuchaba hace varios años, sonaba quebrada, algo esperanzada, como la de una niña a la que le han prometido llevar a comer un helado y aún no le cumplen. Por primera vez dejó de parecerme algo "espesa" y sí más humana, vulnerable. Sentí que si podía, debía ayudarla de alguna forma.
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— Por mí no te preocupes. ¿Pero tú estás bien? ¿Vas a volver con él?
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Mi súbito interés pareció inquietarle, pues se quedó en silencio un buen rato, balbuceando algo que no logré entender. Luego recobró su usual ánimo y me contó su historia, sin escatimar en detalles, claro. Se me fue el saldo y volví a llamarla desde mi teléfono fijo. Su historia me atrapó. Y si antes trataba de evitarla, ahora la entendía y hasta estaba de su parte, porque, ahora lo confieso, en algún momento logré entender a su enamorado.
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— Y así... Seguro te preguntarás por qué es que lo aguanto y sigo con él
—hizo una pausa que no me atreví a interrumpir—. A veces una no puede hacer nada. Puedes elegir a quién besar si quieres, pero no de quién te enamoras.

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— Claro —le volví a responder, otra vez cortante, pero no porque siguiera considerándola "espesa", ni mucho menos. Solo me quedé pensando en lo que había dicho. Esta vez, aunque quería decir algo, no encontré palabras.

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— Bueno, Eduardo, tenemos un café pendiente, no te olvides. Y gracias por escucharme.

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— No hay problema. Suerte más tarde.
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Nos dijimos unas cuantas palabras más, las cuáles fueron las últimas en mucho tiempo. Siempre tuve la intención de llamarla o mandarle un mensaje, pero algo me detenía. No pretendo decir que estaba interesado en la muchacha. No la había visto en años y una conversación por teléfono, por más inspiradora que hubiera resultado, no cambiaba las cosas. Una de las cosas que me frenaba a llamarla era el miedo a volver a esa segunda primera impresión que me había dejado. Deseaba quedarme con ese concepto de vulnerabilidad que había capturado la última vez.
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Pasó casi un mes y todo el asunto parecía reciclado en un recuerdo, hasta que un día me llegó un mensaje de texto de unas tres páginas. Así que Eduardo, acuérdate que nos debemos un café ehhh :p Te cuento, salí con él, volvimos, terminamos, otra vez volvimos... al final no sé en qué estamos jaja... bueno, ¿estás libre el viernes? Esta vez de veras te aseguro que no te arrepentirás ;) Prometo reivindicarme por lo del otro día. Llámame. Besitos.
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Ese mal crónico antes mencionado del que padecemos los hombres, ese en el que crees que cualquier cosa que te diga una muchacha es un coqueteo, volvió a florecer. La señal de alerta estaba en rojo y no auguraba nada bueno. El instinto pudo más.
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— Ajá, así que tú eliges a quién besas... —pensé. Cogí mi celular y marqué.
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Dejo esta muy buena canción. Porque, como dice su letra, todos hemos tropezado. En este link, otra versión de la misma canción que también me gusta.


lunes, 14 de junio de 2010

A las mujeres les gusta el golpe (Parte I)

Cuando hace más o menos un par de meses una amiga me preguntó si consideraba que las mujeres preferían a tipos galantes y caballeros o los atorrantes y patanes, casi le respondí por inercia. "Supongo que a los buena gente, ¿no?", repliqué, pero mientras lo decía empecé a dudar. ¿La razón? Pues que no conozco demasiado casos que lo justifiquen. Después de un momento de reflexión cambié mi respuesta, situación que ocasionó las más sensibles pífeas de las damas presentes, quienes obviamente juraban preferir a los "chicos buenos".

Quedé con la duda, pero me pare
ció un tema interesante y decidí escribir al respecto en este cada vez más abandonado espacio bloggero. Claro que de pensarlo al hacerlo hay un trecho a veces irreparable. Sin embargo, mientras el asunto aún estaba en proyecto, sucedieron un par de cosas que consideré dignas de mención. Y mientras esas cosas sucedían, empecé a sacar conclusiones y encontré mi respuesta la pregunta de mi amiga. El caso se extendió más de la cuenta, así que he decido dividirlo por partes. Así que ahí va la primera, con la promesa de que publicaré la segunda muy pronto.

Caso 1

Me alistaba para salir apuradamente. Vi el reloj siempre adelantado de mi cuarto. Le resté diez minutos y supe que eran las 5:30 pm. Era tarde. Terminé de vestirme como pude. Estaba por salir, cuando observé el engañoso sol de la tarde por la ventana y dudé si ponerme una casaca o no. En eso, escuché un 'tucutín'. Fruncí el ceño tratando de descifrar el ruido. Entonces recordé que, para variar, no había apagado mi computadora.

—¿Estás ahí?
—me preguntaba el monitor. Otra vez vi el reloj. Dudé en responder. Simplemente cerrando el messenger estaría fuera de eso.

—Sí. ¿Qué tal? ¿Cómo estás?
respondí, luego de pensarlo mejor. Total, era una vieja amiga, de esas que son cercanas, te agradan, siempre ves conectada, pero nunca le hablas. Seguramente era importante.

—Echa basura. ¿Unas cervezas? Voy con los chicos.

—Sale. ¿Cuándo?


—Ahorita, pues.

—Nada, no la hago. Estoy de salida —le respondí con franqueza.

—Ya pues, mira que estoy mal. Me haría bien hablar con alguien. Sí, sí. Están los chicos, pero la cosa es estar con la manchita completa.

Lo pensé con detenimiento. De verdad quería acompañarla, pero ya había quedado con una amiga para ir al cine. Maldije mi falta de memoria para dejar la computadora prendida y también al bendito sol de la tarde por retrasarme.

— ¿Estás ahi, Eduardo? —me insistió el monitor con impaciencia.

Tomé mi celular y llamé a mi amiga. Me inventé la peor excusa posible. Porque decirle "oye, otra amiga, con quien recién me topé, por el messenger, por cierto, me acaba de decir para unas chelas, sorry, la dejamos para la otra", no me pareció una excusa válida. Le mentí a mi amiga con cinismo, le prometí una pretenciosa recompensa por mi incumplimiento. Sentí que no me había creído del todo, pero preferí dejarlo así. Me dio pena, quería verla, pero bueno... Algo, no sé qué, me hizo pensar que la muchacha del monitor me necesitaba. Me acerqué nuevamente a la computadora y tecleé.

— Ya. ¿En cuánto nos vemos?

En menos de media hora estaba en uno de los huecos frente de la Católica, sentado en una mesa con ella y dos amigos más, acompañados de dos cerveza. Todos con vaso a mano conversábamos. En realidad, ella era la que llevaba la batuta. Estaba mal. Se le notaba en el rostro. Nos contaba sobre su novio, o bueno, su ex novio. Que estuvieron tres años, que nunca se peleaban, que habían pasado un glorioso fin de semana hacía poco, que se habían jurado amor eterno. Y todo se había acabado dos días antes. Estaba tomando como loca y no éramos quienés para juzgarla, ni mucho menos detenerla. Era una de esas situaciones en las que uno siente que merece emborracharse. Y además lo necesita.

¿Así que de la nada terminó contigo? preguntó uno de mis amigos.

Sí. Y el muy canalla ni siquiera me dijo por qué. Tres días antes me juró de todo y de un momento a otro… se le entrecortó la voz. Pronosticando un no muy lejano llanto intervine. Quise alejarla del tema, pero al parecer hundí más adentro la daga.

A veces los hombres son así. Pero él siempre me pareció un tipo agradable. Me resulta raro que te acabe así como así. ¿Segura no se pelearon ni nada? pregunté.

Claro que estoy segura. Supongo que tiene otra o conoció a alguien o qué sé yo…

Tranquila ya aparecerá alguien mejor traté de consolarla.

— ¿Cómo sabes?

¿Lo querías?

Claro.

— No, pues. Piénsalo mejor, has respondido al toque. Me refiero a si era indispensable para ti. ¿Ahora sientes que lo quieres igual que antes?

Se demoró una eternidad en responder. Me trituraba con la mirada y buscaba ayuda silenciosa en nuestros dos amigos que tenían en esos momentos la mirada enterrada en en el fondo del vaso de cerveza, tratando de mantenerse apartados de ese momento de la conversación.

Supongo que ya no me dijo casi en forma de pregunta.

— ¿Tan rápido lo olvidaste? pregunté con légitimo asombro.

— ¡Eduardo!

Bueno, pues asumo que de una manera inconsciente no lo querías lo suficiente, pero creías que sí. Y el definitivamente no iba por tu mismo lado. A lo mejor es bueno que hayan terminado... ¿o acaso has pensado en verlo nuevamente... en pedirle que vuelvan o tantear a ver qué pasa?

Olvídate. Ni siquiera lo quiero ver —dijo mientras dirigía su vaso recién servido a la boca.

Ya pues. No lo quieres ver. BIen por ti. Y él... él no te merece. Ya te hubiera buscado o algo.

Es que suena muy fácil, Eduardo.

Pude identificarme con ella. Había sido protagonista y testigo de muchos momentos similares como para no entenderla. Lo peor era que sabía exactamente qué decirle, y era como si me lo estuviera diciendo a mí mismo. Sabía (siempre lo supe, en realidad) que tenía la respuesta, pero me negaba a verla. O a entenderla.

Déjalo ir, entonces. De nada te servirá quedarte pensando en él. Hazte una promesa...

— ¿Cuál?

Que no lo llamarás, no lo buscarás, trata de alejar tu mente de él. Creo que es lo mejor.

Sí, supongo que tienes razón... dijo poco convencida.

Oye, yo te entiendo. Sé que de esto poco o nada sé, pero te va a hacer bien.

Mis amigos me respaldaron. Ella tomó su vaso con determinación. Nos miro a todos y bebió. En ese código que solo nosotros entendíamos, ese que aprendimos en esos mismos huecos de la Católica y en algunos otros, eso era como un "sí, acepto". Nos miramos, sonreímos y todos bebimos.

**********

Para variar, me había quedado dormido en el carro de regreso de la chamba y me había pasado un buen trecho. Maldije mi suerte, pero le busqué el aspecto positivo. Aproveché para ir al cine que estaba cerca y ver qué películas estaban dando y los horarios, pues al día siguiente iría con la amiga a la que cancelé por irme a beber con mi otra amiga, la despechada. Me paré cerca de la boletería para ver los horarios, cuando me topé con un rostro conocido. Era mi misma amiga, con la que habíamos compartido cantina hacía unos días. La saludé con agrado (siempre era bueno verla), pero ella no hizo lo mismo. Parecía como si no hubiera deseado toparse conmigo.

— ¿Pasa algo?
—le pregunté al tiempo que la saludaba con un beso en la mejilla. Ella se quedó allí, sin decir nada, miró hacia un costado y luego me volvió a mirar y luego desvió la mirada, como tres pases cortos dentro del área, ahora que está de moda el mundial. Instintivamente volteé la mirada y entendí todo. Ahí estaba, supuestamente, su ex, acercándose hacia nosotros con sus entradas en la mano.

— ¿Te acuerdas de mi novio? —me preguntó colgándose rápidamente del brazo del susodicho.

— ¿Cómo te va? —me dijo este extendiéndome la mano, bastante serio.

— Ahí, pues —le dije secamente y le apenas le di la mano. Busqué la mirada de mi amiga, pero esta no me miraba a los ojos. Se le notaba incómoda. Ambos tenían un perfil medio distante y sospeché que habían peleado por algo. Pero eso era lo que menos me importaba. Quería saber por qué le había importado un pito nuestra promesa. Quise darle el beneficio de la duda.

— Justo te quería contar algo, ¿me acompañas a comprar mi entrada? —le dije con la intención de alejarla un poco de novio, pero sin el verdadero afán de entrar al cine. Aceptó sin mayor entusiasmo, mientras su novio dijo que iría a comprar algo para comer durante la función. Ni bien se alejó un poco, la alejé de la cola.

— ¿Qué pasó? —le pregunté rápidamente.

— Pues volvimos.

— ¿No que no querías de verlo?

— Es que, como te dije, no es fácil, Eduardo. Hemos estado bastante tiempo y él me buscó... Dijo que las cosas iban a cambiar.

— ¿Entonces ahora están bien?

— Sí... bueno, acabamos de tener un roche por las puras, pero no es nada.

— Bueno, ya tú ve —me despedí escuetamente y me alejé. Ella trató de darme más explicaciones, pero solo me limité a escucharla un rato más antes de regresar a mi casa. Ni siquiera estaba molesto, sino que me dio pena. La había visto bastante alecaída la vez anterior y no quería que pasara por lo mismo nuevamente.

Pasaron varios días y no supe nada de ella. Un par de veces la vi conectada, pero volvimos a la rutina de no hablarnos a menos que sea totalmente necesario. Me picaban los dedos por conversarle y preguntarle finalmente cómo había resultado todo. Pero no sabía si me convenía. Supuse que si algo andaba mal avisaría. Mis otros amigos tampoco sabían nada. Fue hasta hace unos días que recién tuve noticias suyas. Estaba leyendo algunas páginas en internet cuando en eso un 'tucutín' retumbó.

— Hola, Eduardo —me decía el monitor. ¿Unas cervezas? :S

— Cómo te gusta el golpe... —le contesté resignado, mientras, ya sin siquiera ver por la ventana si hacía sol o no, cogí mi casaca para salir a darle el encuentro. Media hora después, nos hacíamos una nueva promesa.

(...Continuará)

Dejo este video genial, de un grupo más que genial. Que trata de reivindicar a esos (pocos) incomprendidos. A él, a quien también le gustaba el golpe.