domingo 6 de septiembre de 2009

Me desperté pensando en ti

"Hoy me desperté pensando en ti", fue lo primero que le dije aquel día cuando la 'vi'. Como muchas veces, el sueño había decidido venir a mí la noche anterior sin que yo lo buscara. Al parecer ella ocupaba mi mente cuando el sueño me atajó. A la mañana siguiente, ella fue lo primero en lo que pensé. Había soñado con ella toda la noche.
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Llegó y no se fue en todo el día. Como cuando la conocí. Estoy seguro de que tanto para ella como para mí, al conocernos, éramos alguien más que nos cruzábamos en nuestras vidas y nunca, siquiera, sospechamos la diferencia que uno haría en la vida del otro. Mientras me alistaba, como todos los días con algo de desgano, para ir al trabajo, ella no se apartaba de mi mente. Recordé que alguna vez me habló de costumbres y que en algún momento seguramente ella o yo nos aburriríamos del otro. No se lo dije, pero no pude hacer más que coincidir con ella. Hasta la más dulce de las relaciones puede llegar a agriarse y han sido pocas las excepciones de mi vida. Estaba feliz de que ella fuera una de ellas.
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El sol me apuñaló en los ojos al salir de casa. La noche anterior había llovido, el sol no asomaba hacía meses, pero esa mañana se abrió paso gallardamente. Por un momento, mi mente trató de relacionar ese hecho con ella (justo hoy que me despierto pensando en ella sale el sol). Luego, entendí que ya casi era septiembre y este debía mantener su reputación. Subí ociosamente al carro y ella atacó mis pensamientos nuevamente.
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Desde el año pasado, en el que la había 'conocido', supo arrancarme de todas las preocupaciones que podían aparecer. Cuando me sentía un elefante atrapado en una cancha de fulbito, sin saberlo, supo sacarme del espasmo con tan solo una palabra. Con tan solo estar ahí. Cuando llegaba por las noches de la universidad hecho migajas, luego de haber entrado a ella por la mañana como una fresca rebanada de pan, supo, otra vez seguramente de manera inconsciente, consolarme y 'oírme'.
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El día pasó lento. Era uno rutinario en el trabajo y me distraía pensando en ella. No podía dejar de hacerlo. Todo parecía tranquilo, y hasta soso, en mi vida en esos momentos y recordé las veces en que ella hizo que me calmara cuando todo parecía acelerarse. Aprendí, gracias a ella, a buscar soluciones y no zambullirme en los problemas. En esos códigos que utilizan los que han vivido (y sufrido) nos entendíamos. Y nos consolábamos. Quizá y eso nos unió. Ambos teníamos el mismo lenguaje. La misma expresión sin rostro. Parecíamos profesionales que trabajan, a veces, en bandos opuestos, pero que están unidos por la misma filosofía.
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Nunca juzgó, siempre aconsejó. Hasta me cuadró alguna vez. Incluso cuando conversamos por el messenger, sentía esa mirada implacable y automática tras el monitor, esa que me hacía sufrir y reflexionar. Logró quitarme ese gesto de fracaso que a veces se forma en mi rostro sin querer, ese tipo de expresiones de alguien que ha dejado de creer en su suerte hace muchísimo tiempo.
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La tarde caía y yo continuaba en el trabajo, viendo a la gente pasar desde la ventana de la oficina. Comencé a tararear esa canción vagando por las calles, mirando la gente pasar… Recordé como le encantaba Enanitos Verdes y las ocasiones en que 'cantábamos' sus canciones por messenger. Siempre a través de la indescifrable red. Mientras en el fondo blanco y negro de mi habitación solo me acompañaba una canción de rechazo y desesperación, hablar con ella era como estar en una burbuja de colores.
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Llegué a casa abatido. Fue un día difícil en el trabajo. Ella estaba ahí, en la cruel, para ambos, internet. Le dije que aquel día había despertado con la mente puesta en ella. Se demoró en responder. Hasta cuando haces eso (sí, tú), me provocas sensaciones. Con esos ese tipo de silencios incómodos, lo suficientemente prolongados como para sentir que la espalda te duele y los zapatos te aprietan. Momentos detenidos en el tiempo, imágenes de eterna espera. Me enseñaste que, como dice otra canción de esos Enanitos, hay que correr el riesgo, levantarse y seguir cayendo...
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Muchas veces como aquel día, a pesar de que ya estaba avanzada la noche, recién después de hablar con ella, me convencía a mí mismo de que era tiempo de vestirme y darle cara a la vida. Espero yo haber creado un sentimiento similar en ella.
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A la distancia me diste un abrazo cálido cuando la soledad me empapaba como si estuviera en un río helado en pleno mes de julio. Me guiaste cuando parecía un ciego a tientas en un cuarto oscuro. Hasta me bajaste de las nubes cuando sembraba esperanzas nulas, cuando hacía que un remoto pedazo de hierba pareciera una flor silvestre en medio del desierto. Eres tan tierna como una leona con sus cachorros.
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Porque, aunque no lo sepas, varias veces, como aquel día en el que me desperté pensando en ti, agitaste el puñal y lo hundiste furiosamente, encajándolo en mi alma, y, siempre sin quererlo, motivaste algunos y varias partes de los a veces viscerales relatos de este poco concurrido espacio bloggero. El tiempo avanzará, sí, pero me basta saber que aún significamos algo el uno para el otro. Y eso es lo realmente importante.
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La noche de aquel día, me dormí pensando en ti.
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Obviamente, si alguna canción iba a dedicarte tenía que ser de los Enanitos verdes. Iba a ser Eterna soledad, pero pensé que sería mucho daño, jaja. Así que va esta, por todos los domingos a las 3 (obviamente de la madrugada) que te he llamado o mensajeado y por los domingos en que me hiciste caso. La segunda, porque si no la ponía en tu post, jamás me lo ibas a perdonar.
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martes 21 de julio de 2009

Mejor que bien

Eduardo despertó aquel día con mucho frío. Parecía una mañana cualquiera, pero él sabía que no lo era. Como muchas otras veces, Eduardo se había quedado dormido a medio cambiar y con los antejos puestos. Se enderezó en su cama, puso los brazos atrás de su cabeza y vio el techo blanco de su habitación. Trató de recordar lo que había hecho exactamente la mañana de ese día hace tres años. No pudo. Su me memoria no alcanzaba para recordar la totalidad de esa fecha.

Aunque no era la mañana de un día cualquiera, Eduardo la inició con su usual rutina. Contempló un rato más el techo, esperando que la irritación de los ojos por la reciente mañana fuera desapareciendo. Se puso de pie con dificultad y se preparó el desayuno. Usualmente era el mismo: un vaso de leche, con un pan (si es que encontraba alguno). Ese día fue solo leche.

Llevó el vaso hasta su cuarto y otra vez pensó en los tres últimos años. Se habían ido en una pestañeada. Eduardo se sentó en la única silla de su cuarto. Se puso los audífonos de su ipod, casi por costumbre, y lo encendió. También prendió la computadora, casi por inercia, y, con la pantalla brillosa frente a él en la opaca mañana, quiso escribir algo. Era su día libre del trabajo y podía aprovecharlo, como nunca, al máximo. No sabía qué escribir, solo sintió el deseo de hacerlo. Más que eso, lo necesitaba. Decidió alimentar su propio espacio bloggero. Una bitácora donde se desfogaba de vez en cuando. Hace poco había publicado, pero era una ocasión especial: había conocido a alguien muy especial exactamente tres años atrás. Eduardo afinó sus dedos sobre el teclado. Listo para el nuevo desfogue y no supo qué escribir. Solo supo que debía rendirle homenaje a ese día. Entonces recordó y presionó las primeras letras de su nuevo post.


Ya habían pasado semanas, pero parecía ayer. El día empezaba como cualquier otro. Eduardo, un tipo alto, de lentes, delgado pero panzón, risueño, realista pero lleno de sueños, de mirada apagada, disgustado con la vida pero bueno, miraba el techo de su cuarto, como todas las mañanas. En un cambio brusco de escena, con un movimiento decidido, Eduardo se puso de pie. Fue a hacerse el desayuno, pero no había leche, su usual alimento matutino. Se preparó café. No le gustaba el café en la mañana. Mala suerte, pensó.

Regresó a su cuarto y se sentó en el borde de su cama. Reposó la taza de café hirviendo sobre su velador e instintivamente encendió el televisor. Eduardo apoyó sus codos sobre sus rodillas y hundió la cabeza sobre las palmas de sus manos. Pensó en la semana que había pasado. En todo y en todos. Había sido dura, pero ese día tendría algo de recompensa. Eso lo animaba. Alzó la cabeza para verificar la calentura de su café y vio lo que estaba sintonizando en ese momento la televisión. Era Al Bundy, de Matrimonio con hijos, sentado en su zapatería, con la cabeza apoyada sobre sus manos. La escena se veía bastante deprimente (por no decir patética) y a Eduardo se le retorcieron los sentimientos al notar lo familiar que resultaba. Decidió tomarlo con gracia. Coincidencias, pensó. Distraído por la televisión, bebió un largo sorbo de café. Muy tarde se dio cuenta que aún estaba hirviendo. Eduardo escupió parte de lo que había tomado. Se quemó la lengua y manchó su alfombra.

Eduardo prendió su maltrecho ipod y dio play a la música. Otra vez la canción que se reprodujo se adecuaba a cómo se sentía en esos momentos. Coincidencias, siempre había pensado. Pero esa mañana se dio cuenta que siempre se sentía igual, y siempre tenía la misma música. Decidió que era costumbre y no casualidad. Eduardo fue al gimnasio a regañadientes. Estaba lo suficientemente cansado por el trabajo de la semana como para hacer ejercicios en su día libre. Igual sabía que debía hacerlo. Solo iba dos veces por semana y estaba pagando por el mes entero. Una vez ahí, la flojera desapareció y entrenó sin prisa. Sin embargo, cuando ya estaba por salir, se dio cuenta de que no había llevado cosas para ducharse. Tuvo que regresar a casa, donde la terma continuaba malograda, para poder tomar un baño. Durante el camino de regreso, Eduardo la llamó, para verificar si de todas maneras se verían ese día. Fue afirmativa la respuesta.
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Eduardo se sentía inspirado, pero dejó de teclear. Se preguntó que estaría haciendo su amigo José Luis, gran protagonista aquel día hace tres años. Le mandó un mensaje, y nada. Lo llamó, tampoco. Al releer lo que había escrito, se acordó que ese día también debía ir al gimnasio. Prefirió no hacerlo. Quería una cerveza. Era muy temprano y no tenía. Su única compañera en ese momento era la computadora. Salió a caminar y pensar, de paso que arreglaba algunos asuntos. Tuvo el arranque de coger su celular y llamarla, pero se contuvo. Cada paso que daba, cada lugar que veía, le recordaba a ella. Parecía como si hubiera recorrido con ella gran parte de Lima. De regreso a su casa, Eduardo se sentó nuevamente frente al teclado.
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La visitaría de su casa. Antes de ir, Eduardo había quedado con unos amigos para jugar póker. Eduardo salió congelado de la ducha y almorzó cuanto pudo. Aún le dolía la lengua por el café de la mañana. Salió tarde, para variar, y caminó a la universidad, donde se reuniría con sus amigos para el daño (el póker). Pisó caca durante el trayecto. Maldijo entre dientes. Se internó en la universidad y en el baño se quito la suciedad del zapato con una de sus llaves. Lamentablemente para él, la llave que escogió para hacerlo era la del cajón de su oficina, la más pequeña y frágil de todas las que tenía. Esta se rompió. Sus amigos lo llamaron y le dijeron que vaya al frente, a uno de los cantinazos de la universidad, pues ahí se reunirían finalmente a jugar póker. Fue. Sabía que debido a su tardanza no podría jugar mucho tiempo. Habían pedido una cerveza, de la cual no pudo probar más que un trago. Justo había decidido tomar antibióticos ese día por un dolor de cabeza que asomaba como la terrible migraña que a veces lo aquejaba. Además, luego iría a verla. No podía ir oliendo a trago (otra vez). Jugó póker sin mayor fortuna. Luego de un inicio devastador, logró recuperarse, pero igual el saldo fue negativo.

Eduardo decidió tomar precauciones para no hacerse tarde. Tomó el carro que lo llevaría a su casa con una hora y media de anticipación. El viaje duraba casi una hora. Fue inútil. El carro fue veinte minutos rápido hasta que lo cogió el tráfico. Encima, el buen Eduardo tuvo que ir estrujado, pues no había ningún asiento disponible. Le puso buena cara al asunto. Vale la pena, pensó. Mientras esperaba a que el carro avanzara aunque sea unos metros, recordó que pronto sería el cumpleaños de ella. Pensó en sus cumpleaños pasados, y también, debido al tiempo que le permitía la procesión de carros, recordó que ya eran casi tres años desde que la había conocido.
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Eduardo paró de escribir un momento. Trató de recordar con exactitud cómo había sido el día aquel hace tres años. Lo recordaba solo a partir del momento en que la había conocido. Estaba en casa de José Luis, escuchando música, haciendo hora para ir a una fiesta de una amiga, cuyo cumpleaños era el 22 de ese mes. Aquel día era 21. Por eso recordaba con claridad ese día. En eso llegó ella. Iluminó la habitación y no pararon de conversar durante la velada. Tomaron, bailaron, se conocieron. Poco a poco, con el pasar del tiempo, entraron en confianza y se hicieron amigos. Tres años.
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Pensar en eso le alegró el viaje. Habían pasado casi tres años y aún podía decir que se llevaba bien con ella. No era de esas amistades que al poco tiempo desflorecen. Había estado buen rato sumido en sus pensamientos hasta que se dio cuenta que no había avanzado ni una sola cuadra. La manada de carros parecía no moverse y a Eduardo ya le dolía la espalda y los pies. Se bajó del carro dispuesto a avanzar hasta que el tráfico parezca más fluido. Obviamente, ni bien hubo pisado tierra, los carros 'decidieron' avanzar y el tráfico se despejó en algo.
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Ya era tarde y Eduardo decidió tomar un taxi. El muy bien ponderado señor taxista no tuvo mejor idea que ir por la calle congestionada que Eduardo acababa de abandonar. Tuvo que llamarla desde el taxi para decirle que se retrasaría. No contestó. Le mandó un mensaje. Al llegar, caminó la media cuadra restante a su casa, pero un perro le interrumpió el paso y le ladró. El perro estaba con cadena y era guiado por su dueño, pero Eduardo tuvo que detenerse. Le temía a los perros y encima este le ladraba a dos metros de distancia. Tuvo que dejarlo pasar, lo que alargó el tiempo de retraso.
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Eduardo llegó cansado y agobiado por el día que había tenido. Desde la mañana sabía que la vería, por lo menos eso habían acordado, y eso le había hecho mantener el ánimo. Sin embargo, ese día se sintió derrotado por el infortunio. No podía decir que era el peor día que había tenido, ni siquiera estaba cerca de serlo, pero por un momento deseó que fuera un día redondo. Un día bueno. Tocó el timbre de su casa. Hasta cuando alzó el brazo lo sintió pesado.
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Ella lo recibió con su típica dulce sonrisa. Bastó eso para mejorarle el día. Eduardo y ella salieron, conversaron, compartieron, vivieron. Siempre que estaba con ella el tiempo pasaba volando. Como cada vez que salían, la dejó en su casa. Conversaron un rato más y ella le contó lo enredado de su día. Él se ahorró el esfuerzo de contarle el suyo y evitar la tácita competencia de quien tuvo el peor día. De haberlo hecho, el de ella ganaría. Por lo menos Eduardo ya no lo creía un día malo. En ese momento, estaba bien, como el mejor de sus días. Eduardo casi no podía creer que solo tres horas antes renegaba de la vida y de su peculiar mala suerte.

Se despidieron en la puerta de su casa. Eduardo casi le dice gracias, pero luego se dio cuenta que sonaría tonto y calló. Tampoco le dijo que ya serían tres años que se conocían, ni siquiera lo recordó en ese momento. Simplemente se abrazaron y ella cruzó la reja y otra vez le regaló una enorme sonrisa. Tal vez (más que seguro), ella nunca se dio cuenta aquel día que él había tenido una pésima jornada que duró hasta su encuentro. Con cada palabra que le decía, cada mirada que le daba, hizo que Eduardo, a pesar de los improperios del día, olvidara todo. Le devolvió la sonrisa y se encaminó a su casa, con la frente en alto y sonriéndole a todo y a todos, sabiendo que todo estaba bien.
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Eduardo paró de escribir en seco. No le parecía un buen final. Había escrito durante todo el día. Se había distraído por momentos ojeando un libro y hablando por el a veces cruel Messenger. Se recostó en su cama. Le dolía la espalda por haber estado sentado frente al monitor todo el día. También tenía hambre y sueño. Había sido un día ocioso, pero a la vez productivo. Por alguna razón sintió, otra vez, que la vida le pesaba. Dieron vuelta a su cabeza muchas cosas. Sabía que al día siguiente, pocas horas después, tendría que regresar al trabajo. También pensó en los cinco gatos que leían su blog y dudó por un momento si publicar o no lo que acababa de escribir. Rodó en su cama y nuevamente contempló el techo blanco de su habitación. Ahora parecía más iluminado por las luces encendidas. Su celular se prendió de repente y se sacudió en su escritorio, donde reposaba al lado de su vaso vacío de leche. Por un momento creyó que era ella, pero estaba de viaje y no pretendía recibir un mensaje suyo. Nunca tenía muchas esperanzas. Sin embargo, el solo pensar en eso le recordó a ella. Se preguntó qué andaría haciendo y en lo que ellos habían vivido juntos. Su mente se nubló –en su mayoría- de bonitos recuerdos y supo lo que tenía que hacer. Se levantó de un saltó hacia su computadora. Era el final de su historia y de aquel día. Tecleó.
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(…) Le devolvió la sonrisa y se encaminó a su casa, con la frente en alto y sonriéndole a todo y a todos, sabiendo que todo estaba bien. Mejor que bien.
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Esta canción, Eduardo lo recuerda claramente, la escucháron aquel día hace tres años en casa de José Luis, mientras esperabán. MIentras esperaba.

miércoles 15 de julio de 2009

La mujer ideal

Toda la vida es una carrera. No sé quien comentó alguna vez en mi blog que nos pasamos toda la vida enamorados, en mayor o menor medida. Pero siempre. Para algunos será cierto, para otros no. Yo creo que es lo más cierto que se ha escrito en esta desordenada y, cada vez, menos popular, bitácora. Lo que sí, el camino de susodicha carrera, sea cual sea, no será fácil. Será un entreverado y malpausado sendero hacia la búsqueda de algo. O alguien. Yo creo que es a algo. Algo usualmente, y popularmente, conocido como 'felicidad', pero para eso se debe encontrar a ese 'alguien'. Y eso nos lleva a la tremenda cruzada de encontrar a la mujer ideal. ¿Por qué? Porque eso, dicen, implica una felicidad o satisfacción que otras búsquedas no generan. DIcen. Supuestamente una vez alcanzado ese punto, ahí acaba la búsqueda. Supuestamente.

La vida, a partir de cierto punto, nos propone una vía para este objetivo. La cual, obviamente, no tomamos y optamos por otra -obviamente- más difícil. Un camino con una meta a la que muchos nunca no llegan. Un camino que muchos otros abandonan a la mitad. Y otros, los que alcanzan la meta, mayormente, se desilusionan. Una mujer ideal. Debo decir que no la he buscado, tampoco me he topado con ella. Es más, he llegado a la aventurada conclusión de que no existe. Un viejo mito. Una sórdida ilusión. Un imaginario universal que solo sirve de motivación. A ver, ¿quién es una mujer ideal? Respuesta simple: la que uno considera perfecta. Ojo. No que sea perfecta en términos genéricos. Sino perfecta para uno.

Y es que cada uno tiene su mujer ideal. Conchudos somos, sí. Exigimos como 'buenos'. Ajá. Nos ponemos sexys. También. Pero si el hombre es imperfecto (algunos en la máxima expresión), las mujeres son inentendibles. He ahí la razón de su imperfección.

Pero, ¿qué busca, entonces, el hombre? ¿Cómo es su mujer ideal? Ya dije que, para mí, que por razones obvias no soy dueño de la verdad ni mucho menos, cada uno tiene su prototipo de mujer ideal. Suena a fábrica de maniquíes, pero propongo humanizar la idea. Así que, como es mi blog -piñas todos- se aguantarán lo que para mí sería mi mujer ideal. Y creo que varios coincidirán, aunque no tanto en las exquisiteces. De los más superficial hasta lo importante. Y luego a las minuciosidades. Veamos.

Que tenga unos bonitos labios. Una bonita sonrisa. Ni muy alta ni muy baja. Ojos que siempre quieran -o pretendan- decirme algo. Y que brillen hasta de noche. Que tenga bonitas manos. Que siempre sonría, hasta cuando está triste o molesta. Pero más importante, que me haga sonreír. Si se puede que use anteojos. Que siempre tenga algo qué contestar. Que sepa decir ‘te quiero’. Que le gusten los deportes. No es necesario que le guste el fútbol, pero sí que sepa de que trata. Y mejor si es hincha de algún equipo. No importa si no es de mi 'U' querida. Tampoco es necesario que le guste la lucha libre, pero que pueda convivir con ella. Que tenga amigas y amigos que me caigan bien. Que su familia me caiga bien (me da igual si yo le caigo bien a su familia). Que coleccione algo (muñecas, peluches, pulseras, lo que sea). Que conteste el teléfono alegre. Que responda mis mensajes. Que sepa abrazarme. Que demuestre afecto, pero también cariño. Que de vez en cuando ella sea la que me llame. Que me llame, timbre o mensajee ebria. Que sea conversadora, no habladora, y escuche mucho. Que no se preocupe por su peso. Que sepa cuanto la quieres, pero que no se aproveche de eso. Que me responda rápido en el messenger. Que cuando la mire, sienta que me mira igual que yo la estás mirando. Que comente en mi blog. Que se cuelgue de mi brazo cuando caminamos juntos. Que no piense como el resto. Que sea dulce. Que siempre ponga ‘peros’. Que diga lo que piensa. Que tenga bonita voz. Que se ría de mis chistes. Que use pulseras. Y también botas. Que diga lisuras, pero no muchas. Que le guste leer. Ir al cine. Caminar. La lluvia. El frío sobre el calor. Mar de Copas. Garfield. El pollo a la brasa. Friends. Que siempre sepa qué decir, qué hacer. Que haga que la comida sepa mejor. Que el clima parezca más cálido. Que la noche se ilumine de estrellas. Que no sea celosa, pero que se note que le importa. Que siempre use perfume. Que sepa bailar. Y que sea paciente para que me enseñe a mí a bailar. Que con una palabra, un puchero, una sonrisa, un gesto, una caricia, un beso, un abrazo, un consejo, un flirteo, una mirada haga que pase de estar a bien a estar 'mejor que bien'.

Pretencioso. Sí. Pero, como dije, la mujer ideal está cargada de un simbolismo poco usual y, creo, desconocido. No existe. Fácil y se me han pasado algunos detalles. Ocasionalmente nos topamos con una que llega a colmar la mayoría de las expectativas, pero siempre algo la desvalora. Le buscamos excusas, la excluimos del pedestal y la guardamos en un recuerdo. Típico. Desde la visión del hombre, todas padecen de defectos. Pero esos son los que finalmente nos cautivan y atrapan. Como un imán sobre el metal. Como dicen varias canciones, todos necesitan amor de un amor. Y si no es amor, algo que se le parezca. Y es que el amor es como la picazón: mientras más tratas de deshacerte de ella, más se hunde en ti y provoca sensaciones desmesuradas, que generan fastidio o satisfacción.

SI bien la tesis de este post cita que la mujer ideal no existe, sí los defectos 'buenos'. Los que encandilan a la persona y resaltan su alma. Esos 'defectos' son de los que finalmente nos llenan. Esos somethings special (no el trago) son el verdadero objeto de admiración. La imperfección. He ahí la verdadera mujer ideal. Su mejor táctica, la indiferencia. Su ausencia. Buscamos una mujer llena de imperfecciones. Porque, total, son esas imperfecciones de las que nos enamoramos. He ahí la belleza de su imperfección. Su bondad. Su humanidad. Como alguien me dijo hace poco, todo está en tus manos. Tu mujer ideal.

Dos videos de la misma canción. La primera, la versión original. La que me gustó y saboreé cada vez que pensaba en ella, y ahora trato de olvidar. La segunda, el video oficial de la misma canción. Lo dejo a su elección. A ti, que escuchas esa canción desde que te la presenté y has sido confidente en estas vicisitudes, espero tu comentario.



martes 2 de junio de 2009

Confesiones de un salado II

Ya no puede uno ni hundirse en su miseria tranquilo. Cada vez que trato de desestresarme, algo me lo impide. He ahí la demora en la actualización de esta humilde y cada vez menos visitada bitácora. Debo confesar que esta entrada la comencé hace más o menos una semana y media. Cuando todo parecía derrumbarse, al mejor estilo de una canción de Arjona o Juan Gabriel, un pequeña luz tintineó al fondo del abismo. Así que hoy borré todo lo que tenía de la, nuevamente, melancólica entrada que había escrito, y decidí que los cinco, o tal vez seis o siete, gatos que leen mi blog se rían a costa mía (otra vez).

Así que, hablando de confesar otra vez, he aquí la segunda parte de una terapia iniciada hace algún tiempo. Sí, algunas confesiones son medias idiotas, pero ni tarado que fuera para poner cosas en verdad importantes en la traicionera Internet. Varias me ha hecho.

Que a veces soy vanidoso y vuelvo a leer mis propios posts. Que siempre encuentro errores en esos posts, pero no soy lo suficientemente vanidoso, sino más bien ocioso, para corregirlos.

Que le tengo miedo a los perros. Sobre todo cuando me ladran. Que solo a dos perros no les tengo miedo. Sin embargo, más miedo le tengo a los gatos. Nunca parpadean y siempre parecen que planean algo.


Que no me gusta la mantequilla. Pero sí todo lo derivado y preparado con ella.

Que sigo viendo American Idol y ahora sufro más con los resultados. Y aunque digan lo contrario, está bien que haya ganado el chato. Es más, hasta me bajé sus canciones a mi compu.

Que una vez me bajé del carro porque me pareció ver a 'alguien' en la calle. Que me bajé por gusto, porque no era ese 'alguien'.

Que he mentido cuando me he confesado. Que no me confieso hace siete años.

Que me he enamorado de mi computadora. Que he extrañado a alguien que nunca estuvo ahí.

Que tomo café siempre antes de dormir.

Que por lo menos una vez a a semana piso caca en la calle. Que cada vez que eso me pasa voy corriendo a comprarme un Ganagol.

Que me dan miedo los payasos. Aunque mucho más miedo me da la oscuridad.

Que he visto Volver al Futuro (entiénsase I, II y III) más de 20 veces, cada una. Igual que Día de la Independencia, aunque nunca he visto el inicio.

Que casi nunca cuento cuánto me dan de vuelto.

Que tengo una foto con Cachay.

Que odio el verano. Odio morirme de calor todo el día y también detesto la playa.

Que lloré cuando Caradura murió. También cuando murió Krillin (bueno, la primera vez).

Que podía dejar de ir a una clase por jugar póker o pichanga. Que soy saladísimo jugando póker. También pichanga.

Que cuando me golpeo, no grito carajos ni mierdas, sino un agudo 'Ay!'

Que aún grito los goles de Perú. Que una vez aposte en contra de Perú. Que hasta ahora no pago completamente esa deuda.

Que nunca, ni en colegio ni universidad, hice una tarea de matemática.

Que le debo diez soles a José Luis. Que no le pagaré.

Que una vez lloré en un micro. Y en una combi.

Que he llamado por teléfono a 'alguien' y he colgado. Que me han descubierto haciendo eso. Justamente esa 'alguien'.

Que a veces canto solito en mi cuarto. Que a veces he cantado con los ojos cerrados. Pero, peor aún, en ocasiones, he bailado con los ojos cerrados. Miento, solo fue en una ocasión, y fue suficiente.

Que todos los días, solo por el afán de hacerlo, camino unas diez cuadras para regresar a mi casa de la chamba. Hay carro que me llevan, pero no. Prefiero caminar y si llueve mejor.

Que necesito más terapia...


La primera es una canción dedicada a mi amor por computadora. La segunda también, porque es su grupo favorito.



martes 7 de abril de 2009

Hombre de costumbres

Acostumbrado a comentar siempre con Alison Melisa sobre las costumbres que nos atan, he decidido escribir este post. Sobre esas costumbres malditas que a veces nos encasillan, que no nos dejan seguir adelante, que se nos pegan como una telaraña.
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Esas costumbres que no te permiten salir del abismo y que, aunque trates, siempre te perseguirán. Las malas y buenas. Las que odias y las que amas. A pesar de que no lo admitas. Digamos ejemplos.
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Acostumbrado a ver la hora en el reloj sin pilas de mi cuarto, siempre creo que son las 11 y 20.
Acostumbrado a escribir usualmente ebrio, ya no puedo escribir sin estarlo. Acostumbrado a entrar siempre al Messenger, me es difícil dejarlo, aunque a veces no es grato conmigo.
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Por costumbre, siempre dejo para el último lo que pude hacer antes y hoy ando atrasado con todo. Acostumbrado a dejar que las cosas fluyan por sí solas, me olvidé de tomar la iniciativa. Acostumbrado a siempre ver el mismo rostro en todas partes, olvidé de ver más allá de él.
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La costumbre hizo que no dejara atrás cosas que aún me pesan y cargo sobre los hombros.
Acostumbrado a equivocarme, olvidé pensar bien las cosas antes de hacerlas. Acostumbrado a pisar siempre tierra firme, no me fijé en los hoyos que se presentaron en el camino.
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Me acostumbré a pensar que no todo era posible y olvidé la magia de las posibilidades. Y del infortunio. Y de las cosas pasajeras que a veces resultan impredecibles. Acostumbrado a preocuparme en mis problemas, dejé que estos les jodieran a otros. Acostumbado a mirarme al espejo, no recordé observar lo que había detrás.

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Por la bendita costumbre caminaba a oscuras a la mitad del día. Y por la vida. Acostumbrado a jugar a las escondidas, dejé de buscarme. Acostumbrado a que todo llegara por su propio peso, olvidé salir a buscar lo que quiero. Acostumbrado a caer me olvidé de levantarme. Y seguir adelante.
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Por la costumbre de volar en los sueños, olvidé vivir la realidad. Acostumbado a renegar de la vida, he olvidado a apreciarla. Acostumbrado a ver el panorama, me olvidé de fijarme en los detalles.
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Vivo con la costumbre de dormir con los ojos abiertos durante el día y por eso ya no me es fácil conciliar el sueño por la noche. Acostumbrado a la costumbre dejé pasar muchas oportunidades de las que hoy me arrepiento. Pero bueno, este es un post de costumbres y no de arrepentimientos.
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Acostumbrado a la mala suerte, me resingné a ella. Y a vivir a su lado. Acostumbrado a estar 'bien', olvidé sentirme Mejor que bien. Con el recuerdo de los recuerdos, dejé de ver el presente. Caigo y cuelgo.
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Acostumbrado a dejar un video musical después de cada post, dejo este video, nunca más apropiado (Pd.- Por siaca, la canción empieza a los 0:56) (Pd2.-Alison, sorry. Sé que no te gusta esa cancíón).
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jueves 5 de marzo de 2009

Buena chica

Hace unas semanas conversaba con un cofrade acerca de un post anterior de esta humilde, tediosa y poco fashion bitácora. En aquel desafortunado relato, este humilde, tedioso y poco fashion blogger había sido puteado por una muchacha. Eso sirvió para que ambos recordemos la primera vez que una mujer nos puteó. Su historia era simple: fue puteado por huevón y mal hombre. En mi caso, la primera vez que me sentí puteado no fue con palabras.
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Es una historia complicada. Digna de este malodramático espacio 'webero'. Conocí a M (dejémoslo en iniciales) hace ya bastante tiempo. Salía yo de una terrible decepción amorosa, de esos amoríos adolescentes que te joden toda la vida, y fui a una fiesta porque se celebraba el cumpleaños de un amigo cercano. Llegué a propósito tarde, saludé al cumpleañero, y al inspeccionar el lugar con la mirada, vi en una esquina a una muchacha, cabello castaño y liso, ojos pardos, labios rosados que dibujaban una bonita y media burlona sonrisa. Me llamó la atención, pero no me acerqué. No tenía ánimos y nunca he sido bueno para ese asunto tedioso de 'sacar plan'.
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Ya entrada la fiesta, y transcurridos los tragos, me animé a sacarla a bailar y me rechazó, con ese encanto tan particular que tienen las mujeres para dar malas noticias. No me amilané y bailé con una amiga suya. Me quedé conversando con ella y al poco rato me presentó oficialmente a M. Se creó una química inesperada e instantánea y no nos despegamos el resto de la reunión. Al final de la noche, cuando nos despedimos, no teníamos nada más que nuestros nombres. Pensé en ella buena parte de lo que quedaba de la velada, de regreso a mi casa y mientras esperaba al sueño tirado en mi cama.
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Al día siguiente, por primera vez el destino se hizo una. Iba caminando por la avenida La Marina, muy consciente de que ella me había comentado que vivía por ahí. Iba con un amigo rumbo a su instituto de inglés. Ese día la casualidad buscada funcionó. En uno de los paraderos vimos a una chica en minifalda, la cual activó nuestro sistema carnal. Recién cuando estuve a diez metros de la chica noté que se trataba de M. Miré a mi amigo y este no dejaba de mirarla, calibrándola con ojos expertos. Pero sus ojos se entreabrieron más cuando vio que me acercaba a la susodicha en un ataque de osadía. M, ¿cómo estás? Se sobresaltó un poco y se me quedó viendo con los ojos muy abiertos. Hasta ahora no puedo descifrar si su expresión era de sorpresa o estaba haciendo un esfuerzo olímpico por saber quién era. No me di tiempo a entenderlo. Soy Eduardo, nos conocimos en la fiesta... Claro, Eduardo, solo que me parece raro que nos encontremos, me interrumpió. Al ver que me reconocía mandé elegantemente a mi amigo a la mierda (se te debe estar haciendo tarde para tu clase) y me quedé con M. Se fue medio asado, yo muy consciente que M sería la protagonista de sus sueños más viles esa noche. M y yo conversamos solo un rato y acordamos vernos algún día. Me despedí de ella sintiendo que todo había sido una formalidad, que nunca nos veríamos de nuevo. Ni siquiera me había reconocido, qué huevón...
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Pasaron varios días, yo sumido en la miseria, por el ex amor adolescente y la ilusión efímera de un nuevo rumbo, hasta que una noche vi una invitación de M para unirme a su Hi5, invitación que venía acompañada de un mensaje. Le respondí encantado, pues no contaba con volver a saber de ella. Transcurrieron las pláticas por Msn un par de meses y nos hicimos muy cercanos. Quedamos en vernos muchas veces pero siempre algo sucedía y nos obligaba a cambiar de planes.
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Además, poco después, me mudé y mi nueva casa no tenía teléfono, ni cable, ni internet. Pasó tiempo sin que me comunicara con M. Un día, desde una cabina, encontré a M en el Msn. La saludé entusiasmado, pero ella me respondió con otro de los encantos malignos de las mujeres: la indiferencia. Casi no me habló y se despidió con un seco 'chau'. Aún sin comprender muy bien porque se comportaba de esa manera, entré a su Hi5 y encontré un texto. Algo sobre un tipo, y lo mucho que lo quiso, y que no quería estar así, pero otra vez había caído... En fin, una exposición de sentimientos que pocas a veces había leído. No sé si logré captar todo el texto, pero logré identificarme con M, pude sentir lo que sentía, y entonces me sentí conectado a ella. Pasó de ser simplemente M a ser Demonios, M. No esperé más y la llamé. Inmediatamente se disculpó por haberse desquitado conmigo. Ya calmados hablamos de la universidad, la vida, los compromisos... Qué bonita voz tiene...
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Luego de esa conversación y de lo escrito por ella, tenía que verla. Así que ideé un plan espeluznante, con el que me sentí un acosador, un obsesionado, un hombre desesperado. Al otro día fui al mismo paradero de La Marina donde la había visto en minifalda. Sabía a qué hora tomaba su carro para ir a clases y aguardé, como un tiburón a la espera de una sirena, para encontrar una nueva casualidad. Sin embargo, extraviado en la estratósfera de la obsesión y el amor repentino, olvidé algo tan terrenal como los imprevistos. A lo mejor no iba a clases, quizás me había equivocado de hora, o de día... Pero después de un momento vi por fin a M dirigiéndose a toda prisa al paradero, así que retomé el plan. Miré la pista y ahí estaba una JV. Seguramente una cuadra más allá M tomaría ese carro. ¿Qué hacer? Lo que nunca hago: seguir mi instinto. Subí a la JV con la esperanza que M subiera al siguiente paradero.
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Y claro, como cuando se trataba de M todo resultaba, hasta los planes desesperados, ella subió al carro. Pasó a mi lado para sentarse casi al fondo. ¿M realmente creería que se trataba de una nueva coincidencia? Me asomé de reojo para localizarla al fondo del carro. Tuve un arrebato por ir hacia la puerta y bajarme, pero otra vez hice lo contrario a lo que usualmente hago: volví a seguir mi instinto. Avancé hacia el final del carro y me senté en un asiento al lado de M. Otra vez nos vemos... Esta vez me reconoció al instante, abrió muchos los ojos y me sonrió (demonios, la adoraba). ¿Qué haces en este carro?, me preguntó. No supe qué decir, así que hice lo que cualquier macho aguerrido, que muere en su ley, haría. Me inventé una tía que vivía casualmente cerca de su universidad, lo que me dio la excusa perfecta para acompañarla buen rato en la JV. Estaba más linda de lo que la recordaba. Yo calculaba cada palabra que diría y la veía con ojos codiciosos. Ella bajó en su universidad y yo al siguiente paradero para tomar la JV de regreso. Ese día quedamos para vernos en su universidad al siguiente jueves y almorzar juntos.
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Flotando en mi nube esperé ese día. Llegué temprano a la universidad de M. Su facultad era una de las primeras entrando. Caminaba por los pasillos dirigiéndome al baño y preguntándome en qué salón estaría M, cuando por mi lado pasó una chica y se metió al baño al que yo me dirigía. Me quedé paralizado, (tal vez en esta facultad las chicas usan el baño de hombres...). Me aventuré y entré. Ahí estaba, por supuesto, M lavándose la cara. La saludé casualmente. Otra vez me analizó con la mirada como intentado reconocerme. ¡Eduardo!, ¿qué haces acá? Quedamos en encontrarnos, le respondí. Sí, ¿pero en el baño...?, me dijo. M, estás en el baño de hombres... Entonces su mirada recorrió el lugar donde se encontraba. Noté algo de rubor en sus mejillas, luego me sonrió. Sí, me refería a que habíamos quedado en la puerta de la universidad. Espérame un rato, me dijo y escapó del baño. No sabía si quedarme ahí o salir. Opté por esperarla en la puerta del baño. A los dos minutos, M salió de una de las aulas al inicio del pasillo. Como perro con seis colas fui a su encuentro.
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Yo esperaba ansioso poder tener un momento a solas con ella para acercarme, preguntarle cosas más personales, para hablarle un poco, tal vez intentar enamorarla... Fuimos a un restaurante al frente de su universidad y ahí estaban unos amigos de M. Muy linda me los presentó. Almorzábamos inocentemente hasta que uno de los chicos pidió dos cervezas. En eso llegaron dos chicas, amigas de ellos, que pidieron dos más. Envuelto en esa atmósfera, y a pesar que ahora estaba rodeado de bastante gente, empecé a acercarme más a M.
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No sé cómo, todos terminamos en la casa de uno de los patas de M bebiendo. No me despegaba de M y ella parecía contenta con mi cercanía. Estábamos sentados en el mismo sillón, mi brazo rodeaba sus hombros. Éramos pocos, pero algunos bailaban. Una de las amigas de M me sacó a bailar y se me pegaba mucho (Manya, a lo mejor le entra al cuento). Justo M se acercó y me apartó de su amiga. Luego me hizo una pregunta que jamás olvidaré: ¿Me acompañas a comprar puchos? Saboreé sus palabras y acepté. Ya pues...
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Salimos y caminamos hasta una bodega al final de la calle. M había olvidado que tenía clases y se entregaba al momento etílico. Luego de comprar cigarros, me distraje por un momento. Después volteé a ver a M, pero ella ya estaba fuera de la tienda, pucho en mano, viendo aparentemente el vacío en esa media tarde. La alcancé y vi que a unos metros, una pareja dándose demostraciones de afecto en plena vía pública era la que captaba su atención. No supe qué decir y el silencio se hizo incómodo. Yo alternaba mi mirada de la pareja a M, hasta que por fin ella silenció al silencio mismo y dijo al aire Parece tan fácil...
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Moví los labios buscando palabras, pero no salió ninguna. Puse una mano en su espalda, se volvió y me abrazó. Me rodeó con sus lindos y largos brazos y descansó su cabeza sobre mi hombro. Luego, con sus labios tan cerca de mis oídos comenzó a hablarme, esas frases de desfogue, las cuales solo quieres expulsar pero que no buscan respuesta. Me narraba pasajes de su vida, muchas veces sin coherencia. La escuchaba encantado y, aún sin entender del todo, sentí el afán de protegerla. Abrazados, ante un universo de preguntas, le hice la única que parecía pertinente en ese momento y l único que seguía rondando en mi cabeza: M, ¿qué demonios hacías en el baño de hombres? Sacó su cabeza de mi hombro, me miró y se permitió sonreír. Estuve pensando en... cosas... durante la clase, y no pude más y salí. Y lo del baño de hombres... me dio igual entrar a cualquier baño, a esa hora todos están en clases. Estabas llorando, le dije. Al parecer no se esperaba esa afirmación. Estuvo a punto de decir algo, pero se compuso rápidamente y otra vez su rostro dibujo una sonrisa. Me dio un beso en la mejilla y volvió a refugiarse en mi hombro.
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Nos sentamos juntos y permanecimos tomados de la mano durante lo que quedaba de la reunión. Después de un rato, los cuerpos derrotados por el alcohol yacían en los muebles. M dormía apacible y perfecta sobre mi hombro y nuestras manos seguían entrelazadas. Traté de adivinar qué estaría soñando. Pero ya era tarde, así que la desperté suavemente. Me miró media desorientada e inmediatamente sonrió. Hasta con la cara somnolienta lucía linda. Medios ebrios nos paramos y le dijimos al dueño de la casa, que estaba tirado en uno de los sofás, que ya nos íbamos (aunque poco le importó).
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Caminamos por la calle agarrados de la mano. Nos subimos a una combi y nos apoderamos del asiento trasero. Ella iba con su cabeza recostada sobre mi hombro. Otra vez me decía cosas que me cuesta recordar pues en ese momento no las entendía. Yo también le enumeraba al oído sus virtudes, envenenándole el alma con palabras dulces. La acompañé a su casa y, aún medio ebrios, nos quedamos en su puerta. Rendido ante ella me sentí dispuesto a dejar atrás los fantasmas de la desilusión y envolverme en M. Tenía un brazo alrededor de su cintura y el otro acariciaba su cuello. Bajo el cielo de esa noche oscura, M y yo juntamos frentes y rosamos nuestras narices. En eso sonrió coquetamente. Me miró, mordiéndose el labio inferior sin dejar de sonreír, y rozó mis labios con sus dedos por un segundo. Sus labios desviaron su dirección hacia mi mejilla. Fue un lindo día, Eduardo. Hablamos mañana, me dijo con acento etílico.
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Como dirían, me dejó en 'pindinga'. M, aún con la sonrisa de niña que acababa de hacer una travesura, entró a su casa. Seguimos viéndonos, pero no hablábamos de aquella noche a pesar que casi todos los días conversábamos. A veces íbamos al cine o a tomar un café o solo a caminar. Si ella tenía una fiesta, me pedía que la acompañara, si yo era el de la fiesta, ella iba conmigo. Muchas veces andábamos tomados de la mano o abrazados. En ocasiones, asumía el riesgoso intento de acercarme más de lo debido, pero siempre la misma mirada coqueta y sus dedos (también coquetos) se interponían.
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Fue un día que regresábamos de una fiesta en que nuestra relación cambió. Estuvimos inseparables toda la fiesta. Luego, llegamos a la puerta de su casa y nos sentamos en la vereda con los dedos de las manos entrelazados. Otra vez nos endulzábamos los oídos con palabras de cariño y vivimos el amanecer desde esa vereda. Sin saber cómo, después de un momento, tenía su mejilla junto a la mía y entonces mi miró como solo ella sabía hacerlo. Esta vez su rostro no mostraba una sonrisa, sino ternura.
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Cada segundo que pasaba nuestros rostros se acercaban. Exploré la geografía de su rostro con la mirada y pude verme reflejado en ella. Sentí que la quería, que todo lo que sabía sobre la belleza era mentira y ella era lo único cierto. Que ella era la parte de mí que no conocía, que éramos uno. Sin embargo, mientras la admiraba, un sentimiento repentino cruzó mi mente y, sin poder explicarlo, supe que no la podría querer más. Sentí que la adoraba en ese momento, pero que me gustaba más estar con ella que ella misma... Vi lo tansparente de su alma a través de sus ojos, y aunque fumaba, tomaba y decía lisuras, noté lo inocente que era. Cruzaron por mi mente las chicas con las que había salido, entre ellas ese amor adolescente que en ese momento parecía lejano, y no quise hacerle eso a M. Esta vez mis labios se desviaron.
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Aquella noche, con cara clara de confusión, M entró a su casa. Quise hablar con ella e intentar explicarle algo que ni yo mismo entedía. M ya no parecía estar ahí. Desapareció del Messenger, me eliminó de su Hi5, no respondió el teléfono. Me lo merecía, por su puesto. La verdad es que no volví a verla en mucho tiempo. Traté de ubicarla, incluso la busqué a su casa, y nada. Nunca estaba, nunca me habló.
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Supe de ella hace más o menos un año. Caminaba otra vez por la avenida La Marina sin ninguna ilusión de toparme con M. Pero un día Iba yo por su calle, recordándola, cuando ella apareció como de la nada. Nuestras miradas se cruzaron unos segundos, y luego me ignoró. Pasó por mi lado sin dirigirme la palabra. Empecé a llamarla, la seguí un buen trecho hasta la puerta de su casa, esperando que me escuchara aunque sea un momento. Antes de entrar en su casa, volteó. Tuve ganas de acercarme, abrazarla, decirle muchas cosas, ser participe de sus inquietudes y penas, compartir sus nuevas alegrías y locuras, caminar con ella y mis pensamientos y no hacer mas que mirarnos y encontrarme a mi mismo... Pero me mantuve calmado, sabiendo que era mucho más importante parecerlo que estarlo. Otra vez, de solo verla, ninguna palabra salió de mi boca. M, en cambio, se mordió el labio inferior, como tantas veces la había visto hacerlo. Sin embargo esta vez no se dibujaba una sonrisa coqueta en su rostro, ni sus ojos irradiaban ese brillo que antes emitía. Logré observar en sus ojos un desprecio mezclado con compasión. Vi en esas lagunas cuanto la había dañado y me sentí mal. Sabía que cualquier cosa que dijera solo empeoraría su concepto de mí. Pude sentirla, era como yo me había sentido muchas veces y no pude más que odiarme. A lo mejor entendió mi silencio. Jamás lo supe. Ojalá nunca te hubiera encontrado, fue lo único que dijo, cruzó la puerta y la cerró.
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Cada vez que pasó por su calle la recuerdo, a veces me parece verla, pero solo es mi imaginación. La extraño, sí. Un par de veces más quise saber de ella y no obtuve respuesta. Han pasado ya dos años y la recuerdo casi todos los días. A veces entro a su Hi5 buscando un texto que me cautive o una foto que me permita recordarla. ¿Por qué recordar ahora esta historia? Una invitación acompañada de un mensaje apareció en mi cuenta de Facebook esta semana. Nos volvemos a encontrar...

Dejo un pack de Los Secretos porque M me los presentó. La canción que me recuerda a ella y su preferida. La primera en un cover de Wicho García de Mar de Copas.


sábado 10 de enero de 2009

Cabellos castaños, ojos caramelo

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Una vez conocí una chica.
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Cabellos castaños, ojos caramelo.
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Manos tersas, suaves como la seda.
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Era como mi vecina.
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Emocional, más que todo.

Cuando ella reía, yo reía.

Cuando ella lloraba, yo lloraba.

Cuando la veía, me alegraba.

El cielo de la ciudad ya no era tan mezquino.

Y llovía.

Por eso siempre le decía sonríe.

Porque eso me animaba.

Y eso la animaba.

Un momento de escape.
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Le gritaba te quiero con los ojos.

Pocas veces lo entendía, ni cuenta se daba.
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A mí no me importaba.

Con esos mismos ojos le prometía que siempre estaría a su lado.

Que siempre la acompañaría.

Cuando ella me necesitara.

Tal vez nuevamente no me captaba.

Quizás sí.

Pero esta vez yo no la entendía.

Escribíamos una historia cada vez que nos veíamos.

Nuestras miradas se detenían.
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El mundo se paraba.

Como cuando ella sonreía.

El solo verla valía la pena.

Con nuestras miserias nos acompañábamos.
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Y juntos las superábamos.

Por lo menos yo lo hacía.

Aunque ninguno decía nada.

Y es que a veces no hacía falta.

A veces no comprendía.

Solo una sonrisa me bastaba.

Siempre conversábamos.

No importaba si eran dos minutos o varias horas.
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Siempre había algo qué decir.
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Cualquier tema valía.

Toda cosa importante que me ocurría de un modo u otro tenía que ver con ella.

Cada uno con sus problemas.

Ella me escuchaba.

Yo muchas veces no podía.
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Me hubiera gustado ser mejor con ella.
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Para preguntarle qué le pasaba.

Igual escuchaba cuando ella me lo pedía.

O cuando no lo hacía.

Ella decía que mi compañía ya era bastante.

Espero así haya sido.

Pues muchas veces debí haberla aconsejado.

Pero me quedaba callado.

Seguramente hubieran sido útiles unas palabras de apoyo.

De aliento, siquiera.
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Yo no podía.
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Ni siquiera me atrevía.

Aunque me hubiera gustado.

Lo único que me salían eran chistes tontos.

Que poco le ayudaban.

En ocasiones intentaba con un abrazo.

Espero que no le molestara.

Todo volverá a su sitio.

Así es la naturaleza.

Claro que costará.

Es el precio a pagar.

No te pido que olvides.

Solo que sonrías.

Volver a bailar y cantar.

Como esos días.

Cuando todo era tranquilo.

Despreocupación y libertad.

Como decía un cófrade por ahí la sonrisa es tu mejor arma.

Lo único que no te pueden quitar.

No pares de reír.

Aunque a veces yo lo haga.

Ni cierres los ojos.

Siempre mira hacia arriba.

Pero sobre todo, lleva la sonrisa por dentro.

Así será más linda por fuera.

Por eso, solo descanse hoy.

Pequeña señorita.

Mañana será un gran día.


Dos canciones. La primera porque es genial y va con el post. Pero como me han dicho que ABBA es muy gay, coloco otra, también genial, y que estoy escuchando en estos momentos.



martes 23 de diciembre de 2008

Till the end of time

Hace unos días conversaba con un viejo amigo mientras nos tomábamos un cafecito. Era curioso observar sus ojeras más pronunciadas , su panza marcadísima y su cara más demacrada después de tanto tiempo. Bueno, seguramente él pensaba lo mismo de mí. En fin...

Inexplicablemente acudió a mí pedirme consejos sobre mujeres. Contuve la carcajada y le dije que no era el indicado para esa misión, que si quería podía invitarle un biscochito para acompañar el café. Me respondió, no importa, tío, solo escúchame y de ahí me dices qué piensas. Lo hice y, Dios mío, que hombre tan golpeado por la vida. Mientras rajábamos de mujeres, nos dimos cuenta que los hombres no somos una raza tan diferente. Luego de un rato nos empezamos a preguntar por qué tanto hombres y mujeres nos ponemos tan bestias cuando nos interesa una persona y cómo uno se da cuenta cuando se está demasiado afectado por esa persona.

La siguiente es una relación de las señales típicas y momentos exactos cuando una persona debe empezar a preocuparse. Esta lista está basada en las vivencias de ambos camaradas reunidos, y en varias que recuerdo de amigos y/o amigas que me comentaron alguna vez sus experiencias. Así que, ¿cómo sabes que estás templado/a o que alguien te interesa más de lo debido?

Cuando sientes 'algo' en el estómago al ver a esa persona (típica y básica).

Cuando te duermes y te despiertas pensando en esa persona.

Cuando pones cara de baboso/a cuando la ves.

Cuando todas las canciones que escuchas te hacen recordar a esa persona y te dan ganas de dedicárselas.

Cuando visitas algún sitio que te agrada e inmediatamente piensas que le gustaría.

Cuando haces de todo para hacerla reír.

Cuando ves cualquier chuchería en la calle, plazas o micros, y piensas en regalársela.

Cuando cambias algún hábito por ella.

Cuando haces algo que no te agrada solo para estar con esa persona.

Cuando te gastas todo tu saldo llamándola.

Cuando le enseñas a manejar en tu carro.

Cuando a los dos minutos que se va de tu lado ya empiezas a extrañarla.

Cuando te imaginas besando a esa persona y no preferirías besar a nadie más en ese momento, así sea Angelina Jolie o Brad Pitt, según sea el caso (eso no quiere decir que no lo harías).

Cuando odias al tipo o tipa que estuvo con tu 'persona' antes que tú, aunque ni siquiera conozcas al susodicho/a.

Cuando andas por ahí con cara de huevón/a.

Cuando estás convencido que esa persona es la más atractiva entre las atractivas.

Cuando pones sus iniciales como firma al culminar un juego de Playstation o NIntendo.

Cuando dejas de ver el fútbol por pasarla con ella (de los testimonios recogidos, esta solo aplica para hombres).

Cuando te imaginas, aunque sea una vez, casándote con esa persona, diciéndole tus votos y todo.

Cuando buscas excusas para hablar acerca de ella a cada rato, bajo cualquier circunstancia y cuando estás conversando sobre cualquier tema.

Cuando cualquier capítulo de una novela mexicana o serie gringa te hace recordar a un episodio de tu vida junto a esa persona.

Cuando ves su rostro en cada mujer/hombre que te cruzas.
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Cuando crees que la querrás hasta el fin del tiempo.

Cuando en cualquier momento, sin intención alguna, se te escapa su nombre y lo dices en voz alta.

Cuando practicas lo que vas a decir antes de llamarla por teléfono.

Cuando te imaginas con esa persona en tu cama, pero no teniendo sexo, ni siquiera besándola, sino simplemente durmiendo a su lado, conversando o abrazándola.

Cuando te imaginas diciéndole cosas que no le dirías en persona.

Cuando, como alguna vez escuché por ahí, si te dieran a escoger en este momento entre no ver a tu persona nunca más o casarte con ella, eliges casarte.

Si sufres de algunos de estos síntomas, mi estimado/a, preocúpate. Son cosas que pasan, de las que nadie está libre, pero totalmente superables, si se quiere. De hecho existen muchas más que no recuerdo o no me han comentado. Así que si alguien recuerda algo, o desea publicar su experiencia, no dude en hacerlo. Continuemos la terapia...

Pd.- Para los que lo pensaron... es cierto, no era cafecito lo que tomábamos...

Pd 2.- El biscochito era pucho.

Gracias al comentario de Door en un post anterior vi Little Miss Sunshine y fue devastadora. Pero me dejó esta gran canción de DeVotchka, que grafica en muchas partes fragmentos de este post.


jueves 20 de noviembre de 2008

Confesiones de un salado I

Como ayer oí hasta el cansancio, de nada sirve arrepentise. Y como comentó el cófrade José Luis acerca del post anterior, faltan sesiones de terapia. Debo estar tranquilo. Así que hoy, nuevamente, utilizaré esta bitácora para un desfogue personal. No pienso calatearme más emocionalmente, así que me desprederé de esas cosas baladíes que la web pueda conocer y que probablemente nadie sepa sobre mí. Confesiones que no le interesan a nadie, pero que me pesan y que seguramente coinciden con algunas preocupaciones o temas de vida de alguno de los cinco gatos que leen mi blog. He aquí una pequeña relación de estos ítems:
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Confieso hoy que no sé manejar bicicleta.
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Que tengo una prenda rosada en mi armario (no diré qué prenda).
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Que a veces prefiero la Inca Kola sobre la Coca Cola, pero en verdad sucumbo ante una Sprite.
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Que me encanta ver American Idol. Río, lloró, sufro con los resultados... y cuando no estoy en casa lo grabo... sí, lo grabo!
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Ya que estamos en eso, confieso que, no sé por qué, siempre veo realitys... Vi el Gran Hermano, la Casa de Gisela, Top Chef, American's Next Top model, Bailando por un sueño (la versión mexicana)... pero detesto Latin American Idol...
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Que dormí con peluches hasta los 14 años.
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Que cada vez que uso gorra no es por look sino porque odio peinarme.
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Cuando me preguntan la hora, nunca digo la verdad. Siempre le agrego o le quito un par de minutos a la hora que tengo en realidad.
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Hablando de la verdad... nunca digo toda la verdad... siempre espero un poco y la suelto de un momento a otro en todo su esplendor para generar sorpresa...
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A veces me tomo una cerveza solo en mi cuarto, solo porque se me antoja, sin ningún motivo...
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Que hace años lloraba cada vez que mi 'U' querida perdía.
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Que una vez recé arrodillado para que Perú hiciera un gol...
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Que estuve templado de la misma chica unos... aproximadamente 6 años.
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Que a veces finjo conversaciones por mi celular cuando siento la necesidad de decir algo... lo he hecho en algún centro comercial, en cualquier calle, en la universidad. A veces siento ser mi mejor oyente.
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Lloraba cada vez que veía Vale la pena soñar.
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Que desde los 8 años hasta los 17 no lloré jamás. Pero desde que lloré por primera vez en esos 9 años de abstinecia, no he podido cerrar esa puerta. He llorado con las películas más alentadoras del mundo y con series como Scrubs, Friends, Mad about you, Everyboy loves Raymond, con Seinfield.... con Seinfield pes!!! hay que ser pendejo...
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Confieso que antes de escribir algún trabajo especialmente difícil, fumo.
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Que antes de escribir en este blog, bebo. Sigo lo que una vez mi profesor de Periodismo Especializado dijo acerca de algún tipo, seguramente importante para el Periodismo, pero cuyo nombre no recuerdo. Su secreto era escribir borracho, corregir sobrio y volver a corregir borracho. No diré que siempre escribo borracho (pues mi hígado y mi bolsillo me lo perdonarían), pero sí bebo por lo menos una lata de chela antes de hacerlo (entiéndase que luego viene otra para la corrección).
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Me chupo la plata de mi cuaderno cada sábado anterior al inicio del ciclo, es por eso que hace tres ciclos que no tengo cuaderno.
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Que cuando tengo pesadillas, si mi madre está en casa, aún voy a su cuarto y me abrazo a ella.
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Que nunca he besado a alguien de quien esté enamorado.
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Que me copiaba con la furia en Mate (en el cole, claro).
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Que todas las noches duermo con el televisor prendido. De otra forma, no puedo conciliar el sueño.
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Que prefiero ver televisión antes que hacer un trabajo. Sin embargo prefiero leer cualquier libro antes que ver tele. No obstante prefiero jugar fulbito antes que leer algún libro. Pero prefiero irme de juerga con mis amigos antes que pichaguear.
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Bailo todos los ritmos igual, no sé diferenciar entre Pilsen y Cristal, tampoco entre Hamilton y Pall Mall.
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A veces habló solo en mi cuarto. En ocasiones me despierto y me vuelvo amigo del techo.
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Hay ocasiones en que bebo agua del caño. O no me baño después de pelotear.
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Escucho la canción que me prometí no volver a escuchar. Sufro por lo mismo por lo que juré no sufrir más.
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A pesar de mi edad sigo haciendo bromas telefónicas. Soy irónico al dar las gracias. A veces me alucino Oliver y corro por mi casa gritando Gol (obviamente cuando no hay nadie).
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Odio la Navidad, Año Nuevo (este se salva ya que aunque sea bebo) y toda fiesta que conmemore algo. Sin embargo se acerca una fecha especial personal, así que al mal tiempo buena cara.
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Una gran canción, con una letra genial. Before you were young, canción de travis presente en el concierto en Lima
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sábado 8 de noviembre de 2008

Terapia

Hoy necesito terapia. Desfogar esas patrañas y esforzarme por creer que nada en realidad ha sucedido. Que nunca crucé ninguna puerta, que nunca prendí aquel cigarro, que nunca destapé esa cerveza.

Que jamás hice aquella llamada, que jamás caminé por esa vereda, que jamás tuve esa oportunidad, que jamás conversé con esa persona.

Hoy tengo que explayarme. Satisfacer la necesidad de decir algo, dejar de lado esa teoría y escribir como antes. Reivindicar mi espíritu, indemnizar mi alma, conjurar esos pensamientos. Evitar mirar siempre el mismo camino.

Convencerme que sí puedo. Esfumar esas dudas. Olvidar cuando la realidad se burló de mi valor. Aclarar mi mar negro.

Sin embargo, también me urge recordar. Recordar el momento en que tropecé. El instante en que encontré esa pista que me guió.

Inmortalizar EL momento aquel, estampar para siempre ESA imagen en mi memoria. Hoy me gustaría recordar AQUELLA época.

Creer que no debí haber huido cuando tuve una oportunidad. Parecer otro, pero ser el mismo. Volver a sentir, comenzar de nuevo.

Hoy necesito olvidar. Que nunca escribí esa carta, que jamás morí en unos labios. Que tal vez no pueda leer esos ojos, que al caer no me molesté en levantarme.

Olvidar la moral que me ata. Desmenuzar las hileras de mi vida. Dejar de lado lo que me hizo llorar. Reflexionar acerca de lo que me hizo reír. Darle otra perspectiva a mis inquietudes. Beber de nuevo de mi propia medicina.

Que no dejé caer mis brazos, que jamás interrumpí ese sueño, que nunca dejé ir a alguien de mi lado. Que no lancé esa moneda al aire, que jamás recogí ese recuerdo, ni rescaté la única mirada que me brindaron.

Pero esto no es sobre lo que debo o necesito, sino sobre lo que quiero.

Hoy quiero SER de nuevo. Ver otra vez esa sonrisa, volver a caer en ese espasmo. Volver a perderme en esas lagunas pardas. Sentir que vuelo con los ojos cerrados. Terminar de escribir mi historia.
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Quiero llenar de nuevo mi vaso, cargar nuevamente mi cruz, gritar ‘salud’ al viento, prender una vez más el encendedor, amortiguar la dura caída en ese recuerdo malherido.

Que el ánimo recupere fuerzas, que el optimismo renazca. Revivir esos momentos, acariciar esa mano de nuevo, ilusionarme como ayer. Sentirme importante por un momento. No caer en ese estado (otra vez).
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Hoy quiero olvidar que me arrepentí y quiero no volver a arrepentirme.
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Gran vídeo. Quiero reírme de esto pero no puedo. A los 39. Inspirado en este otro gran vídeo.

lunes 20 de octubre de 2008

La belleza en toda su violencia

A ella, la belleza en toda su violencia
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La reunión empezó tarde. Pero mientras más tarde comenzara mejor. Fui temprano porque al otro día era jueves y no tenía clases. Para mis demás amigos, ni siquiera existía juerga cuando llegué. Los pocos presentes nos pusimos a conversar hasta que el lugar se colmó de más invitados. Poco a poco estos fueron llegando y se armó la reunión. Sin darme cuenta fui envolviéndome en el reencuentro de viejos camaradas. Pero, con la conversación y demás temas, sucedió lo inevitable: sacaron el trago. Digo ‘sacaron’ en todos sus sentidos. Mi amigo, el cumpleañero, sacó cervezas y una gaseosa de su refrigerador. Vi a la gaseosa como mi pionera salvación en aquel momento, pero mi esperanza se desvaneció rápidamente al notar que sacaba un ron de la alacena. Otros, recién llegados, sacaron tragos de sus mochilas, sus casacas, de bolsas camufladas entre sus cosas. También aparecieron los primeros cigarros de la noche… De un momento a otro, la cálida y reconfortante conversación en la acogedora y no menos cálida sala de la casa se había transformado en el despelote de la vida, una juerga que pintaba como épica, la típica situación que suelo apreciar y disfrutar, pero que, ese día, no podía.
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Me sentí el más monse de la noche al pedirle a mis amigos una gaseosa. No me importaron las miradas juzgadoras ni las asombradas de mis amigos más cercanos. A los más inusuales ni siquiera me molestaba en explicarles la situación sino que daba cualquier excusa. A los más cercanos, y que se atrevieran a preguntar, les decía la verdad (no había por qué ocultarla): hoy no bebo por una mujer. Algunos, creyendo que habían escuchado mal o que me había pajareado al hablar, me volvían a preguntar. Hoy no bebo por una mujer.

A uno, no de los más cercanos del círculo, pero de los pocos que estuvo dispuesto a preguntarme más al respecto, le conté el cuento completo. 30 días y 30 noches sin tomar. Una osadía. Una cruzada inalcanzable. Una apuesta. Una competencia que había hecho entablado con Claudia y que, en ese momento, al parecer, la única manera de ganar era perdiendo. El único escape estaba ahí, dentro de esa casa, con esa gente, ese ambiente. Las bases de la apuesta eran claras. No podíamos tomar en un mes porque… porque…. bueno, porque consideramos, en ese momento, que era lo mejor para nosotros. ¡Nuestras conversaciones no podían girar siempre a temas referidos al alcohol! Ante el reto que significaba esa misión, y lo difícil que parecía en apariencia, decidí por acceder. Ahora, que ya acabó la susodicha apuesta, aún creo que había mucho que perder, pero poco que ganar (porque aún no me convence eso de la satisfacción personal de no tomar…)
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Justamente aquel era uno de esos momentos en los que me sentía perdiendo. Ya días antes había escapado a las tentaciones y trabas dispuestas por la vida (una vez más trastocada en esta bitácora), pero esa era un gran paréntesis, un verdadero escalón por trepar. Supe acomodarme entre mis amigos y amigas que no toman, por costumbre, o por circunstancias, como yo. Algunos ya estaban acostumbrados a la difícil faena de ignorar a los demás en apariencia más divertidos. Otros reemplazaban aquel vicio por otro, como el cigarro. Los demás conversaban. Yo me uní a ellos.
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Desde allí era totalmente otra perspectiva. Tampoco es que fuéramos un grupo apartado. Todos se integraban con todos, pero no podíamos evitar que de vez en cuando nos ofrecieran algún vaso. El ‘No’ como respuesta era lo que nos diferenciaba. De a pocos comencé a ver como los ojos de mis amigos y amigas decaían a causa del alcohol. Las incoherencias y actos poco tímidos empezaron a tomar protagonismo. Fui testigo de cómo las ojeras se formaban en los rostros… y sentí envidia… ¿Por qué yo no podía estar así? ¿Por qué no podía ser partícipe de los bailes desarticulados, y poco coordinados, de ellos? ¿Por qué justo escogieron esa fecha para desgranmadrarse a punta de alcohol? Puede parecer un argumento sostenido con esa médula etílica que vive en mí, pero era lo único en que podía pensar. Estaba tenso, también incómodo y la culpé (lo siento, pero es verdad. Te culpé).
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Al resto le daba igual. Pasaron un par de horas y había logrado distraerme. Estaba pasándola bien, pero el alcohol siguió haciendo efecto en mis compañeros. Pronto me vi envuelto en los trencitos que recorrían la improvisada pista de baile, en las conversaciones íntimas de mis amigas, en los coros desafinados de las canciones de Sabina y esas salsas cortavenas, en los diálogos despechados mis amigos… y luego, los brindis. Ahí el giro inesperado de la noche. Después de unos incoherentes intentos de algún avezado, escuché mi nombre. Sabidos de mi afán por hacer brindis cada vez que tomo, en su inconsciencia, comenzaron a pedir a gritos mi nombre, mis ‘brindis’, buscándome entre las más o menos 30 personas que había. No es que sea especialmente creativo, sino que en momentos en los que ya no se razona muy bien, mis cursis, trillados, mil veces contados, y ‘poéticos’ brindis (porque cada vez que puedo trato de acabarlos en rima), suenan a frases coherentes e ingeniosas, algo de lo que están muy alejados.
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Lamentablemente yo no hago ‘brindis’ sobrio. Se me sale el miedo escénico. Los hago cuando estoy suficientemente picado como para que no me importe el qué dirán. Solo atiné a hacer señas de reconocimiento con la mano. Sin embargo, la gente insistía (¿no saben que cuando hacen eso es peor?). Tras un momento de reflexión y tal vez por lo ‘empilado’ que estaba a pesar de no haber tomado ni una gota de alcohol, y como vi rostros familiares y acogedores, accedí, sin tener ni idea de qué iba a decir. Mi amigo, el dueño del santo, invocó al silencio, carajo, el periodista va a hablar. Hice caso omiso al comentario y no hice un brindis, sino que le dediqué unas palabras al cumpleañero, palabras que ya ni debe recordar tomando en cuenta lo desorbitado de sus ojos. No las repetiré pues eran para él. Me desprendí de ellas cuando se las dediqué. Mis palabras fueron agradecidas, incluso la hermana del susodicho se acercó a decirme que estuvieron bonitas. Así que, ante la confraternidad, me fui embriagando con el ambiente. Sin notarlo era uno de ellos, un borrachín más.
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Y ahí sí los brindis afloraron, desde el típico Por ellas, aunque mal paguen, hasta el algunas veces usado por cada mujer que tendrá nuestro corazón, afortunadas de mier… Hasta que otra vez fui acudido para un brindis. Esta vez, con el mayor desparpajo que me era posible me aventuré. Una vez más no sabía qué decir, pero clamé el silencio. Entonces pensé en la persona a la que debía tan inusual y satisfactoria noche.
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Me dirigí al cumpleañearo y hablé, Hoy quiero hacer un brindis un poco egoísta, tomando en cuenta que es tu cumpleaños y hablaré sobre mí. Hoy quiero brindar por una mujer, uno que otro murmullo, continué, la razón por la cual hoy no puedo tomar. Una mujer que me hace renegar pero que generalmente me hace sonreír. Una mujer con la que he tomado muchas veces pero que es la que hoy me aleja del trago. Alguien cuya sonrisa me impide decirle ‘no’. Una persona con quien a veces me gustaría molestarme, pero me es imposible. Una mujer que no ha cambiado mi vida, pero sí ha hecho la diferencia. Por ella, alcé mi vaso de Sprite, la belleza en toda su violencia.
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Iba más o menos así. Detalles más, detalles menos. No elaboraré un juicio semántico ni semiológico al respecto. El silencio reinó. Incluso, como si algún director de películas gringas de Hollywood hubiera dirigido ese momento, un perro comenzó a ladrar en la calle, lo que ahondó el silencio. Hasta que el del cumpleaños, ya severamente afectado, solo supo decir este conchesu… las risas volvieron y la bulla siguió. El ‘salud’ al unísono se hizo a escuchar y por ahí algún cófrade ebrio me dijo maestro, Sotelo…o grande, Eduardo-
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No mencioné su nombre, pues no lo consideré necesario tomando en cuenta que ellos no la conocían. Pero sí me quedé pensando en ella. Hace tiempo no vivía una reunión bajo esas circuntancias y se lo debía a ella. Si bien antes la culpé, en ese momento se lo agradecí. Es más, le agradecí muchas cosas… Le agradecí por sonreirme siempre, por escucharme, por alegrarme el día, por no molestarse conmigo (aún cuando yo la molesto mucho y sé que la abrumo con todos los mensajes de texto que le envío), por simplemente estar ahí, porque el solo hecho de escribirle un mensaje, aunque no me responda (cosa bastante usual), me sube el ánimo. Por entenderme, por aceptarme con todos mis defectos, por hacerme compañía, por ser como es.
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Observé a mi alrededor y el ambiente era el mismo, como si nunca hubiera hablado. Vi a mis amigos ebrios y me alegré de no estar así. Estaba divirtiéndome, pasándola bien, estaba mejor que bien, mejor que si hubiera tomado. En tanto pensaba en esa mujer por la cual no bebí aquel día, evaluaba si ir a bailar con mis amigas o ir a un rincón de la sala donde unos amigos contaban chistes. Mientras me decidía, solo atiné a sonreír, después de mucho tiempo de manera sincera, saqué mi celular y comencé a escribir un mensaje.
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Esta canción, pues porque me gusta y porque alguna vez se la dediqué. No me dijo nada al respecto, así que asumo le gustó. Para tí.
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lunes 22 de septiembre de 2008

Fair play*

*La siguiente es una historia demasiado ficticia para ser verdad. La escribí hace años, y mi últimamente ánimo pelotero ha hecho que le de un espacio en este humilde blog. Cualquier persona que me conozca y sepa algo de fútbol sabrá de inmediato lo falsa (pero a la vez sincera) que es esta historia. La canción del final se llama Querido barrio de Los Hermanos brothers, la cual me recuerda toda época mejor (el que termine de leer esta historia la entenderá). Las imágenes de fondo es el momento más triste de la serie Misterio.
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El fútbol duele porque pega duro. Todos se ilusionan cuando juega la selección pero siempre nos ganan. Brasil, por ejemplo, siempre nos la hace. Mi abuelo lo sabía, pero igual le iba a Perú.

- ¿Por qué te pones la bincha, papito? La última vez me dijiste que era para mariquitas.

- No pues, Lalito. Esta vez Perú de hecho gana. Además, no voy a ponerme la camiseta sin bincha, pues.

No me gustaba cuando Perú jugaba. Como siempre perdía, mi abuelo terminaba molesto. Aquella tarde jugaba contra Brasil. Mi abuelo se sentó en el sofá, con su bincha que decía “Te amo Perú” y su camiseta del Municipal porque no le alcanzaba para comprar una oficial de Perú.

- Ya anda a hacer tu tarea, Lalito. –me decía y cambiaba de canal sin consultarme.

- Ya la hice. ¿Quieres verla?

- No, no. Te creo. Entonces puedes ver el fútbol conmigo.

- Pero Perú siempre pierde, papito.

- Carajo, Lalo. Tú siempre tan negativo. Perú no va a perder. Si no la hacemos con este equipazo que tiene, no la hacemos nunca. –dijo riéndose-. Además el técnico es de Brasil.

A mi me gustaba el fútbol, tengo todos los álbumes de figuritas de los Mundiales y Copas América, pero la selección nunca ganaba. Además, ese brasileño dientón del técnico no sabía nada de fútbol.

- Papito, cuando sea grande voy a ser entrenador de fútbol y voy a llevar a Perú al Mundial.
Mi abuelo empezó a reír a carcajadas.

- No seas canalla, pues Lalito. Si tú entrenas a la selección, el Perú se va a la mierda. –y seguía riéndose muy fuerte, luego al ver mi rostro triste me revolvía los cabellos.

Veinticinco minutos y Perú ya perdía uno a cero. Mi abuelo ya estaba enojado. Se había quitado la camiseta del Municipal debido al sudor. Ahora veía el partido en bividí.

- ¡Cristina! ¡Mi cerveza!

- Ya va, Teódulo.

- Tu abuela está cada vez más caduca, hijo.

Mi abuela entró a la sala. Le dejó una lata de cerveza en la mesita a mi abuelo y a mí, que estaba tirado en el piso, me dio una gaseosa y un beso en la frente.

El partido estaba aburrido. Ese Prieto y el otro al que le dicen “la Mecha” eran un par de malos. Incluso había escuchado que andaban en unos líos con unas vedettes. Mi pobre abuela, que se había quedado con nosotros en la sala, se estaba quedando dormida cuando Brasil metió otro gol. Yo me entristecí, pero para mi abuelo aquel gol fue como si le hubieran dado una noticia gravísima. Dio una patada en el piso y soltó una palabrota que sacó a mi abuela de su sueño.

- ¿Qué pasó? ¿Gol?

- Gol de Brasil, pues, Gorda. Si esos delanteros peruanos no le hacen gol ni al arco iris. Y ese arquero hijo de la jijuna, cacaceno que le dicen “el Pulpo”, no agarra ni a su costilla. Deberían de decirle “el Manco”. ¡Huevón de mierda, ahí!

- ¡Teódulo, por favor! –lo regañó mi abuela señalándome con las cejas.

Justo acabó el primer tiempo. Mi abuelo estaba empapado en sudor. Se tomó la cerveza que quedaba de un solo trago y se fue a lavar la cara. Yo permanecí callado. Volvió sin la bincha, pero con el optimismo del principio. Empezó el segundo tiempo.

- Ahora van a ver esos brasileños... –decía para sí mismo.

- Papito, ¿tú crees que aún podamos...? –pero no pude terminar la pregunta porque “el ciempiés” Hernández acababa de meterde cabeza un gol para Perú.

- ¡Goool! –gritamos al mismo tiempo.

No lo festejamos, aunque nos llenamos de ilusión, como cada vez que Perú hace un gol así vaya perdiendo por diez. Mi abuela ni se enteró del gol porque seguía durmiendo.

- ¡Vamos, carajo! –intentaba animar mi abuelo.

- Sí podemos, papito, faltan más de cuarenta minutos.

- Ajá, pero Perú juega bien solamente cinco.

El partido avanzaba y Perú jugaba mejor que bien. Incluso Prieto y “la Mecha”. No pasó mucho para que Perú empatara. Fue ese morenito Gálvez, apodado “la Matraca”. Esta vez, mi abuelo y yo lo festejamos a gritos. Mi abuela despertó por la bulla, nos miró saltando y gritando y volvió a dormirse. Mi abuelo me cargó tan alto que casi golpea mi cabeza contra el techo.

- Te dije que les ganábamos. –me dijo con una alegría que nunca había visto en él.

- Pero va a dos a dos, papito.

- No seas pesimista, carajo. Ahorita les volteamos el partido. Si ganamos te llevo a los juegos mecánicos.

- ¿De veras, papito? –dije entusiasmado-. ¿Y te vas a subir a los juegos conmigo?

- Me subo, Lalo. Aunque me saque la mierda, me subo.

Mi abuelo estaba emocionadísimo. Se volvió a poner la bincha. Sin embargo, la alegría no duró mucho, pues “Cañita” Luján cometió una falta dentro del área. ¡Qué mala suerte! Cuando parecía que Perú podía ganar, Brasil patearía un penal. Mi abuelo ya no me llevaría a los juegos mecánicos y Perú perdería otra vez. Mi abuelo molesto y yo triste.

- Técnico de mierda. Debieron hacer la trampa del “off-side” y ese “Cañita” que le pega a todo, también.

- Padre nuestro, que estás en los cielos... –empecé a decir, arrodillándome en el suelo y cerrando los ojos.

- ¿Qué estás haciendo?

- Rezando, papito. A lo mejor así Dios se acuerda de nosotros y hace que “el Pulpo” se tape el penal.

- No seas cojudo, pues Lalo. Si Dios se acordara del Perú, ya habríamos clasificado al Mundial hace tiempo.

- Pero nada perdemos intentando. Diosito te prometo que ya no me voy a portar mal, que voy a hacer todas mis tareas...

- Ya cállate, Lalo, que ya va a patear.

- ... que voy a hacerles caso a mis abuelos...

- Vamos “Pulpo” no me decepciones.

- ... que no voy a decir malas palabras...

- ¡Se lo tapó! ¡El muy hijo de su madre del “Pulpo” se lo tapó!

Mi abuelo lanzaba groserías al aire, dándole gracias a las estrellas, a Dios y a mis papis en el cielo.

- ¡Qué te dije, papito! ¡Dios se iba a acordar de los peruanos si le rezábamos!

- Cállate Lalo y sigue rezando para que Perú gane.

- ¡Ya! Dios... este... te prometo que iré a misa los domingos...

- Faltan tres minutos para que acabe. –dijo mi abuelo con preocupación-. ¡Hey! ¡Falta! ¡Sí! ¡La cobró el árbitro! ¡Acá viene el gol, Lalo! Reza para que “Tucutín” Sánchez meta el gol de tiro libre.

- Papito, ya no se me ocurre nada que prometerle a Dios.

Mi abuelo, que ya se había vuelto a poner su camiseta del Municipal, me miró impaciente. Luego, como si fuera un niño nuevamente, se arrodilló junto a mí.

- Este... Dios... ya pues, inspira a “Tucutín”... te prometo que voy a ser mejor abuelo... mira que si hace gol estamos a un paso del Mundial.

- Dile que vas a ser menos tacaño, papito.

- Carajo, Lalo, estoy hablando con Dios. Este... te prometo que voy a ir a misa y... ¡Hey, carajo! ¡Esa barrera está muy adelante!

- ¡Papito!

- Ya, ya. Te prometo que voy a pagar las cuentas, pues. Incluso a los delincuentes, estafadores y usureros de la luz, hijos de la...

- Papito, ya va a patear “Tucutín”.

- Te prometo que ya no le voy a gritar a la gorda, digo a Cristina.

- ¡Ya pateó! ¡Parece un buen tiro!

- Tengo un terrenito en Huaycán, es tuyo, Dios.

- Palo. –dije lenta y tristemente-. Chocó en el palo, papito.

- ¡Ya pues Dios! Pudiste hacer feliz al Perú. Nadie se lo merece más que los perua...

- ¡Espera, papito! ¡”El Ciempiés” Hernández va a patear el robote! ¡Gol! ¡Gooool, papito!

No pude contenerme y me lancé sobre mi abuelo, que aún no creía que le hubiéramos ganado a Brasil y trataba de ponerse de pie.

- ¡Ganamos! ¡Y acabó el partido! ¡No soy maricón, pero cuando vea al “Ciempiés” lo beso, carajo, lo beso!

Mi abuelo se puso de pie conmigo colgado de su cuello. Gritaba y saltaba como un chiquillo. Yo saltaba con él y hasta lloramos de tanta alegría.

-¿Por qué tanto escándalo, Teódulo? –despertó mi abuela.

Mi abuelo no le dijo nada, se acercó a ella y le dio un beso. Luego seguimos festejando y abrazándonos. Mi abuela, por su cara, creo que no entendía porqué estábamos tan contentos, pero igual se unió a nosotros y empezó a saltar.

- ¿Me vas a llevar a los juego mecánicos, papito?

- ¡Te voy a llevar a Disneylandia!

Y lo abracé más fuerte que nunca. No me llevó a Disneylandia, claro, pero la pasamos muy bien en los juegos de la feria. Mi abuelo se subió a todos conmigo; parecía un niño. Nunca lo ví tan feliz. Incluso cuando Perú perdió los dos siguientes partidos contra Argentina y Uruguay y nos eliminaron del Mundial, el solo hecho de acordarse de aquel partido histórico contra Brasil hacía que mi abuelo fuera feliz nuevamente y recordara esa época tal vez mejor.
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