domingo, 6 de septiembre de 2009

Me desperté pensando en ti

"Hoy me desperté pensando en ti", fue lo primero que le dije aquel día cuando la 'vi'. Como muchas veces, el sueño había decidido venir a mí la noche anterior sin que yo lo buscara. Al parecer ella ocupaba mi mente cuando el sueño me atajó. A la mañana siguiente, ella fue lo primero en lo que pensé. Había soñado con ella toda la noche.
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Llegó y no se fue en todo el día. Como cuando la conocí. Estoy seguro de que tanto para ella como para mí, al conocernos, éramos alguien más que nos cruzábamos en nuestras vidas y nunca, siquiera, sospechamos la diferencia que uno haría en la vida del otro. Mientras me alistaba, como todos los días con algo de desgano, para ir al trabajo, ella no se apartaba de mi mente. Recordé que alguna vez me habló de costumbres y que en algún momento seguramente ella o yo nos aburriríamos del otro. No se lo dije, pero no pude hacer más que coincidir con ella. Hasta la más dulce de las relaciones puede llegar a agriarse y han sido pocas las excepciones de mi vida. Estaba feliz de que ella fuera una de ellas.
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El sol me apuñaló en los ojos al salir de casa. La noche anterior había llovido, el sol no asomaba hacía meses, pero esa mañana se abrió paso gallardamente. Por un momento, mi mente trató de relacionar ese hecho con ella (justo hoy que me despierto pensando en ella sale el sol). Luego, entendí que ya casi era septiembre y este debía mantener su reputación. Subí ociosamente al carro y ella atacó mis pensamientos nuevamente.
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Desde el año pasado, en el que la había 'conocido', supo arrancarme de todas las preocupaciones que podían aparecer. Cuando me sentía un elefante atrapado en una cancha de fulbito, sin saberlo, supo sacarme del espasmo con tan solo una palabra. Con tan solo estar ahí. Cuando llegaba por las noches de la universidad hecho migajas, luego de haber entrado a ella por la mañana como una fresca rebanada de pan, supo, otra vez seguramente de manera inconsciente, consolarme y 'oírme'.
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El día pasó lento. Era uno rutinario en el trabajo y me distraía pensando en ella. No podía dejar de hacerlo. Todo parecía tranquilo, y hasta soso, en mi vida en esos momentos y recordé las veces en que ella hizo que me calmara cuando todo parecía acelerarse. Aprendí, gracias a ella, a buscar soluciones y no zambullirme en los problemas. En esos códigos que utilizan los que han vivido (y sufrido) nos entendíamos. Y nos consolábamos. Quizá y eso nos unió. Ambos teníamos el mismo lenguaje. La misma expresión sin rostro. Parecíamos profesionales que trabajan, a veces, en bandos opuestos, pero que están unidos por la misma filosofía.
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Nunca juzgó, siempre aconsejó. Hasta me cuadró alguna vez. Incluso cuando conversamos por el messenger, sentía esa mirada implacable y automática tras el monitor, esa que me hacía sufrir y reflexionar. Logró quitarme ese gesto de fracaso que a veces se forma en mi rostro sin querer, ese tipo de expresiones de alguien que ha dejado de creer en su suerte hace muchísimo tiempo.
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La tarde caía y yo continuaba en el trabajo, viendo a la gente pasar desde la ventana de la oficina. Comencé a tararear esa canción vagando por las calles, mirando la gente pasar… Recordé como le encantaba Enanitos Verdes y las ocasiones en que 'cantábamos' sus canciones por messenger. Siempre a través de la indescifrable red. Mientras en el fondo blanco y negro de mi habitación solo me acompañaba una canción de rechazo y desesperación, hablar con ella era como estar en una burbuja de colores.
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Llegué a casa abatido. Fue un día difícil en el trabajo. Ella estaba ahí, en la cruel, para ambos, internet. Le dije que aquel día había despertado con la mente puesta en ella. Se demoró en responder. Hasta cuando haces eso (sí, tú), me provocas sensaciones. Con esos ese tipo de silencios incómodos, lo suficientemente prolongados como para sentir que la espalda te duele y los zapatos te aprietan. Momentos detenidos en el tiempo, imágenes de eterna espera. Me enseñaste que, como dice otra canción de esos Enanitos, hay que correr el riesgo, levantarse y seguir cayendo...
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Muchas veces como aquel día, a pesar de que ya estaba avanzada la noche, recién después de hablar con ella, me convencía a mí mismo de que era tiempo de vestirme y darle cara a la vida. Espero yo haber creado un sentimiento similar en ella.
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A la distancia me diste un abrazo cálido cuando la soledad me empapaba como si estuviera en un río helado en pleno mes de julio. Me guiaste cuando parecía un ciego a tientas en un cuarto oscuro. Hasta me bajaste de las nubes cuando sembraba esperanzas nulas, cuando hacía que un remoto pedazo de hierba pareciera una flor silvestre en medio del desierto. Eres tan tierna como una leona con sus cachorros.
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Porque, aunque no lo sepas, varias veces, como aquel día en el que me desperté pensando en ti, agitaste el puñal y lo hundiste furiosamente, encajándolo en mi alma, y, siempre sin quererlo, motivaste algunos y varias partes de los a veces viscerales relatos de este poco concurrido espacio bloggero. El tiempo avanzará, sí, pero me basta saber que aún significamos algo el uno para el otro. Y eso es lo realmente importante.
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La noche de aquel día, me dormí pensando en ti.
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Obviamente, si alguna canción iba a dedicarte tenía que ser de los Enanitos verdes. Iba a ser Eterna soledad, pero pensé que sería mucho daño, jaja. Así que va esta, por todos los domingos a las 3 (obviamente de la madrugada) que te he llamado o mensajeado y por los domingos en que me hiciste caso. La segunda, porque si no la ponía en tu post, jamás me lo ibas a perdonar.
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